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Cortinas de humo |
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ALBERTO F. ÁLVAREZ
GARCÍA, Ottawa |
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Atado al carro en marcha
de la sucesión, ¿a qué huele el cadáver político de
Robertico Robaina?
Para
comprender el verdadero significado de la expulsión
deshonrosa de Roberto Robaina del Partido Comunista de
Cuba hay, ante todo, que echar a un lado las cortinas de
humo levantadas por las informaciones oficiales en torno
al asunto, las cuales impiden descubrir sus causas
reales. A Robaina se le acusa, según se observa en un
misterioso vídeo del IV Pleno del Comité Central del 7
de mayo pasado, de deslealtad al Comandante en Jefe,
corrupción y de autopromocionarse como candidato a la
sucesión de Fidel Castro.
¿La
expulsión del partido de Robaina constituye parte de un
proceso orientado contra la corrupción, o es uno de los
elementos notables de la lucha interna con respecto a la
sucesión del poder? De las informaciones aparecidas se
hace difícil deducir que la denuncia de corrupción tenga
verdadero papel en este caso, salvo el de distraer la
atención de los observadores y, de paso, desacreditar al
ex canciller frente a la militancia y el resto de la
población para legitimar las acciones en su contra,
método aplicado habitualmente a otros dirigentes
destituidos. Robaina mantenía un modo de vida personal y
oficial que en nada se alejaba de los parámetros en que
se desempeña la dirigencia del país. De hecho, más bien
su singularidad fue que durante varios años destacó no
sólo por el rápido ascenso a la alta dirección —lo que
ocurre con frecuencia en Cuba—, sino por un trabajo
eficaz y de apariencia sencilla, que contrastaba con la
imagen burocratizada de muchos de los cuadros
profesionales del partido y el aparato de gobierno.
También, por haber facilitado desde sus cargos de
Segundo y Primer Secretario de la UJC, entre 1982 y
1993, la formación y promoción de una nueva generación
de dirigentes nacidos de la Juventud Comunista, entre
otros, Felipe Pérez Roque, Juan Contino, Otto Rivero y
Bruno Rodríguez, que hoy ocupan cargos de relevancia
nacional.
Robaina,
en calidad de miembro del Buró Político y Ministro de
Relaciones Exteriores, no necesitaba pedir a un
extranjero un juego de muebles para su casa, como
insinúan las acusaciones que se le atribuyen. Es sabido
que los cuadros superiores del partido y el Estado —a
diferencia del ciudadano de a pie— tienen cubiertas las
necesidades de su hogar, incluyendo la alimentación
balanceada, los servicios a su auto, las vacaciones y
otros privilegios que están reglamentados en las "normas
internas" del partido y en la "política de estímulo" a
los dirigentes.
En cuanto
a las otras imputaciones de corrupción, basadas en que
el ex canciller aceptó dinero del ex político mexicano
Mario Villanueva, y de firmas extranjeras en Cuba, para
reparar la Cancillería en La Habana y la Embajada de
Cuba en México, y de utilizar el avión particular de
Villanueva en viajes oficiales por el Caribe, se dan
fuera de contexto y asumen otra dimensión: aquí se trata
de un estilo de trabajo introducido por el régimen para
captar y economizar dólares a través de la actividad
diplomática, a partir del uso de las relaciones de
amistad de los funcionarios con extranjeros, la
solidaridad internacional y la autorización para recibir
regalos —principalmente en dólares— con fines sociales,
una práctica totalmente extendida y aceptada desde hace
décadas dentro de la actividad de la cancillería, el
resto del aparato de relaciones internacionales y el
Gobierno. En todo caso, Robaina fue acusado, de forma
selectiva e intencionada, por practicar un tipo de
corrupción institucional implantada oficialmente y que
es un componente más de la crisis ética que padece la
nación. Bastaría preguntarse si los líderes cubanos no
estaban al tanto de todos estos trajines cuando se
dedicaban a grabarle las conversaciones telefónicas a
Robaina con el canciller español de visita en La Habana,
del mismo modo que se lo harían al presidente de México,
Vicente Fox, años después.
Asimismo,
los vínculos de Robaina con Mario Villanueva se remontan
al momento en que el segundo era Gobernador de Quintana
Roo, y no a la actualidad, cuando se encuentra encausado
por participar en el Cártel del narcotráfico de Juárez.
Dichos vínculos eran normales, si se tiene en cuenta la
larga tradición de relaciones y confabulaciones
existentes entre la dirección cubana y la cúpula del PRI
de México. Si en futuras investigaciones apareciera
algún indicio concreto de que Robaina tuvo durante su
etapa de canciller alguna conexión con el narcotráfico a
partir de Villanueva, va a resultar más difícil
inculparlo en una causa como la número 1 de Ochoa-De la
Guardia, y hacerlo responsable de operaciones
individuales en ese sentido sin autorización del Estado
cubano y de su más alta jerarquía. Un hecho que podría
explicar, entonces, el por qué aparecieron precisamente
ahora las inculpaciones referidas respecto al ex
canciller.
Después
del sorpresivo y aleccionador juicio y fusilamiento de
Arnaldo Ochoa, Antonio de la Guardia, Amado Padrón y
Jorge Martínez, es imposible que ninguna personalidad o
actor responsable en el campo político y en las
relaciones internacionales pueda creer que Roberto
Robaina tomaría, por iniciativa propia, la decisión de
participar en cualquier acción vinculada al
narcotráfico. A esa segunda puesta en escena nadie
podría darle crédito, lo que sin dudas es un factor que
favorece a Robaina en medio de su delicada crisis.
Por el
contrario, lo que inducen a pensar las informaciones
aparecidas es que la purga a Robaina tiene como
componente central las interioridades de la lucha por el
poder, y la intención del liderazgo para crear las
condiciones óptimas para que Raúl Castro asuma la
sucesión gubernamental sin contrapartes posibles, en
calidad de figura designada por Fidel Castro. Raúl ha
esperado demasiados años para ocupar la dirección del
país para permitir que alguien pretenda arrebatarle la
oportunidad. La anterior hipótesis queda evidenciada en
el vídeo mencionado, cuando Raúl Castro hace un
dramático paralelismo entre la actual situación de
Robaina y la de Carlos Aldana en 1992; según el menor de
los Castro, Robaina no asimiló nada de aquella lección
cuando Aldana ambicionaba convertirse en el Gorbachov de
Cuba y fue destituido de sus cargos. Esa opinión del
Ministro de las FAR, por un lado, ratifica que, en ambos
casos, lo ocurrido fueron deposiciones de orden político
y, por otro, introduce la interrogante de si Raúl Castro
está retomando el caso de Aldana, al hacer mención
pública del asunto en esta particular ocasión.
Con estas
purgas políticas secuenciales, entre aquellas figuras
que con razón o no el liderazgo percibe con más
automonía o menos dóciles a su control, se busca
despejar la sucesión del poder a Raúl Castro y, a la vez,
sentar una dura advertencia: nadie en la dirección
política, ni joven ni viejo (el problema no es una
cuestión generacional) ni línea dura ni moderado, puede
aspirar a variar el orden previsto para el cambio de
mando decidido por el propio Fidel Castro. En un
Gobierno donde las decisiones son impuestas de un modo
no democrático, con un estilo personalista de ordeno y
mando desde las instancias superiores, esa manera turbia
de abrirle la ruta hacia el poder a Raúl Castro
introduce un segundo precedente muy peligroso. No bastan
una historia personal de trabajo, méritos y de fidelidad
al partido para que de forma sorpresiva cualquier
dirigente pueda ser acusado de autopromoverse para la
dirección del país o, por cualquier otra justificación,
verse implicado en supuestos actos de deslealtad y
traición a los dos dirigentes principales.
Lo cierto
es que los controvertidos procesos ocurridos, sin ir muy
lejos en el tiempo y recordando únicamente a las
personas más conocidas —a los generales Arnaldo Ochoa,
Patricio de la Guardia, José Abrantes, Pascual Martínez,
al coronel Antonio de la Guardia, y a dirigentes civiles
como Diocles Torralba, Jesús Escandell, Carlos Aldana,
Alcibíades Hidalgo, y ahora a Manuel Limonta y Robaina—,
pueden sucederle mañana a cualquier otro en la
nomenclatura del partido y el Estado. También es de
esperarse que, como en los casos mencionados, no habrá
en Cuba una sola voz que se levante ni siquiera dentro
del grupo de los amigos más íntimos del purgado en el
Gobierno, el Comité Central, el Consejo de Estado, la
Asamblea Nacional o el Cuerpo de Generales, para pedir
moderación y un juicio sereno y transparente sobre las
causas que dieron lugar a la destitución y determinar el
grado de veracidad de las acusaciones. Mucho menos para
preocuparse por el porvenir del compañero en desgracia.
Es el comportamiento deplorable que exige a sus
subordinados el liderazgo histórico y la educación y
cultura política con que son formados los dirigentes de
la nación. La obediencia debida a la autoridad suprema
termina siendo el principio moral y de conducta de mayor
jerarquía dentro del régimen cubano, y esa resulta
siempre una vía opuesta a la democracia, al Estado de
Derecho y al respeto a los derechos humanos. |