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¿Revolución
o reforma?
Manuel Cuesto Morúa
La Habana
Encuentro en la red
Lunes, 24 de noviembre de 2003
El fracaso
del experimento cubano es la confirmación trágica de
que la sangre ha sido derramada en vano.
Este
par de conceptos sigue definiendo y dividiendo hoy a
la izquierda en todo el mundo. Aunque su discusión
carnal no tenga más sentido que en la América
Latina, el hecho que se plantee como "parteaguas"
dentro de nuestras estrategias afecta a las
izquierdas, sean europeas, asiáticas, oceánicas o
africanas. Si la universalidad es algo normal para
nuestras alternativas, no cabe decir que este asunto
de revolución y reforma es una cuestión de la
incuria y congénita inmadurez de los
latinoamericanos, como algunos señalan.
Muchos
partidos dentro de la Internacional Socialista no
tienen comunicación, entre otras, por una razón de
antipatía metodológica. Un partido de izquierda
europeo X no entiende por qué un partido de
izquierda latinoamericano Y sigue apostando o
convalidando la revolución. A la inversa. El partido
latinoamericano Y rechaza al partido europeo X como
eurocentrista y arrogante. Y muchos partidos X se
han dejado chantajear ideológica y sentimentalmente
por muchos partidos Y. Ello afecta la efectividad de
la Internacional Socialista.
La
misma incomunicación se da entre las izquierdas
reformistas y revolucionarias, fundamentalmente
cuando ambas tienen pretensiones hegemónicas. Claro
que esto de la incomunicación es propio de la
izquierda. Y el motivo vuelve a tener por base la
debilidad en las premisas generales y universales
que deben definirla. Si liberales y
democratacristianos están en crisis, las razones
pueden ser de desorientación estratégica o
debilitamiento ético. Entre ellos nadie discute si
sus ideas deben triunfar por las armas o por las
urnas.
Cuando
la socialdemocracia sueca estaba a favor de los
sandinistas —los piñateros de la izquierda
latinoamericana— estaban diciendo con los hechos que
la violencia es un recurso legítimo en ciertas
circunstancias. Esta contradicción es un fenómeno
inherente a toda nuestra historia y está en la base
explicativa de la derrota mundial de la izquierda.
Querámoslo o no. La ambigüedad, que no es lo mismo
que la flexibilidad, tiene costos a largo plazo para
cualquier ideología.
Vale
decir entonces que las demás doctrinas políticas con
pretensión universal no presentan este problema. Los
suyos son otros, pero no están debilitados en lo que
toca al nivel civilizatorio del discurso político:
el expediente de la revolución, que es el expediente
sublimado de la violencia, no forma parte
simplemente de sus proyecciones. Ciertos teólogos de
la liberación, disidentes de las doctrinas social o
democratacristiana, sólo encontraron receptividad en
la izquierda, no por la coincidencia en los
contenidos, sino por la misma coincidencia en el
"vale todo" de los fines justos.
La
alta tensión política e ideológica que provoca la
fricción de estos dos conceptos dentro de la
izquierda ha sido nefasta. Tentado estoy de decir lo
que digo: los dos no caben dentro de la misma casa.
O bien la izquierda toda se define como
revolucionaria o bien se define como reformista.
Asumiendo, claro está, todas las consecuencias
estratégicas del caso.
¿Habría alguna otra opción intermedia? No la veo,
después de las experiencias que comenzaron en 1917 y
culminaron en 1979 con el triunfo de la revolución
sandinista.
¿Por
dónde se decanta el Arco Progresista? Desde luego
que por la reforma, y sin complejos frente a la
pretensa hegemonía de la izquierda revolucionaria en
Latinoamérica, afectada por el vicio teológico de
considerarse la "verdadera izquierda" en este
continente.
Con
muy buena fortuna, en América Latina se está
produciendo un cambio significativo en esta
dirección. Ello abre posibilidades insospechadas
para una mejor definición de los derroteros de la
izquierda. Pero el dilema continúa. El valor
sentimental de la revolución cubana —que se
quebranta con toda la acritud de las rupturas
sentimentales— y la llamada Revolución Bolivariana,
son los ejemplos iniciales y terminales del equívoco
conceptual del término Revolución y de su reducción
inevitable a los dispositivos de la violencia para
imponer sus pretendidas bonanzas sociales.
Equívoco conceptual porque no hay revolución sin
violencia, excepto como metáfora, ni la violencia ha
sido jamás el principio estructurante de la
justicia.
Error
de principio y en el principio que llevó a
identificar a la izquierda con la revolución y a
desdeñar para siempre el cambio gradual, la reforma,
el parlamentarismo, el debate y el respeto de la
vida ajena como asuntos propios de un discurso de
izquierda "verdadero". Si la izquierda
revolucionaria no hubiera provocado tanta sangre,
movería a risas todo ese asunto de imponerse
mediante la violencia porque, como todo psicólogo
sabe, la violencia significa ausencia de recursos
psicológicos y lingüísticos para expresarse y, por
tanto, implica inmadurez. La reacción de los niños
cuando quieren imponerse y no lo logran es el
ejemplo por excelencia.
¿Es
toda violencia injustificable? No. La violencia
defensiva o negativa está justificada como
conservación natural. Frente a la violencia del
fascismo, no cabía otra opción que la violencia.
Este no es otro que el principio de la violencia
como base de la legítima defensa.
Pero
de ahí a la violencia como principio estructurante
de la justicia va un largo trecho. Eso de la
violencia positiva —no la conservación, sino la
revolución— es y ha sido un crimen que asocia el
desconocimiento antropológico y la incultura con los
fines justos, y produce el horror.
Un
hombre de tan vasta cultura como Marx, tuvo el valor
de escribir en La ideología alemana que la
revolución no sólo era necesaria porque la burguesía
no podría ser despojada de otro modo, sino como acto
de limpieza para arrancar de tajo todo el lodo de la
prehistoria. Esta es la violencia como acto
iniciático y salvador. Para mi, esto fue suficiente
para dejar de ser marxista o marxiano, a los 21
años, sin dejar de ser de izquierdas.
Ahí
comenzó todo. Lenin teoriza el resto y encuentra eco
en una cultura de violencia como la rusa. El trabajo
está terminado y permite completar al mismo Marx. Él
afirmó que el capitalismo triunfa chorreando lodo y
sangre por todos los poros. Y lo mismo se puede
afirmar de las revoluciones: ellas triunfan también
chorreando lodo y sangre por todos sus poros. En
este sentido fundamental no son superiores al
capitalismo, como la historia se encargó de
demostrar.
Todo
esto afectó en su momento a la izquierda mundial.
Pero en América Latina la cosa parece seguir
teniendo actualidad.
Y la
izquierda revolucionaria ha dicho y sigue diciendo,
primero, que la violencia es un recurso legítimo
para arreglar las injusticias y, segundo, que si la
izquierda no se propone la revolución no es
izquierda.
¿Dónde
está la legitimidad teórica de semejantes dixits
ideológicos? En ninguna parte más que en la creencia
masivamente compartida por quienes hacen esas
afirmaciones y en los derechos de "expulsión"
teórica y práctica de los que, considerándose a sí
mismos de izquierdas, son anatematizados como
europeizantes que no han entendido las realidades
latinoamericanas y no creen en la realidad política
del concepto de pueblo.
Los
hechos no ayudan, sin embargo, a la izquierda
revolucionaria. El fracaso de la experiencia cubana,
entendiendo experiencia como experimento, es la
confirmación trágica de que la sangre ha sido
derramada en vano. El fracaso de la revolución
bolivariana es la confirmación cómica de que la
repetición de una revolución sin héroes puede
terminar en una parodia patética de lo que fue un
mito. Y el mito de la revolución de Fidel Castro no
merece terminar en la pobreza imaginativa de la
revolución de Chávez.
Porque
las condiciones de pobreza que parecen legitimar la
violencia de los desposeídos en América Latina eran,
con las diferencias lógicas de grado y naturaleza,
las mismas en las que surgió un Berstein en Europa:
aquel que abrazó, sin embargo, el parlamentarismo y
la propiedad privada, y dijo: "en política los fines
no son nada, los métodos lo son todo".
La
violencia como método político es, por tanto, una
cuestión de elección y toda elección es una cuestión
de cultura. Si aquella —la violencia— se asoció con
la izquierda no fue porque, como en el baile, sea
imprescindible la música, sino porque para cierta
izquierda el baile no tiene nada que ver con la
música.
La
cultura de violencia de la que Europa viene haciendo
la crítica y extrayendo las debidas lecciones ha
predominado en el discurso "por y para los pobres",
sin ninguna crítica y sin extraer las
correspondientes lecciones, dentro de un sector de
la izquierda en América Latina. Porque los
latinoamericanos, como cualquiera de las culturas
universales, provenimos de una cultura de violencia;
pero a diferencia de muchas de ellas, la hemos
sublimado.
¿Para
beneficio de quién? De los países desarrollados sin
duda alguna. Cuando se preparan guerrillas
frustradas en las aulas, en las ciudades y en las
montañas, se impide afrontar el debate político en
la sociedad real, se debilitan los referentes que
preparan a los individuos para lidiar con unos
paradigmas que no construyen y se abre paso, en toda
la confusión política, el capitalismo mercantil que
predomina en nuestros países para beneficio de los
capitales especulativos y los mercados foráneos.
Esto
se acentúa en la época actual cuando la
globalización ridiculiza a las guerrillas,
obligándolas a condenar a la pena de muerte a los
guerrilleros que intenten huir hacia la ciudad a
través de los mercados virtuales de Internet. En vez
de utilizar los recursos para mejorar en la práctica
las vidas de los chiapanecos, el subcomandante
Marcos gasta, que no invierte, el dinero en comprar
todoterrenos producidos por un obrero nipón que
visita Cancún.
Por su
parte, las FARC y el ELN, en Colombia, sólo han
dañado al capital, pero no lo han destruido. Ya lo
que hacen es practicar la violencia enquistada,
viciada y viciosa, como recurso para un desarme
honorable. Ellas son el ejemplo vivo de que la
violencia aquí es una cultura, pero no es sinónimo
de izquierdas.
Y de
la violencia a la revolución sólo hay un paso
teórico, porque la revolución es la violencia con un
programa político. El debate sobre una revolución
pacífica es literario. Ni en teoría ni en los hechos
una revolución puede ser pacífica. Como mínimo
requiere violencia psicológica y ruptura del
consenso legal sobre el titular de determinados
bienes. Y cuando las revoluciones llegan al poder a
través de las urnas, pues preparan la violencia
desde el poder o simplemente no gobiernan.
Las
lecciones son claras. El triunfo estratégico de la
izquierda lo he visto dos veces nada más en la
historia latinoamericana: el triunfo de Allende en
Chile y ahora el de Lula en Brasil. Es decir, Lula
confirma que Allende tenía razón al utilizar la
democracia "burguesa" y no la tenía al querer
destruirla. Entre Lula y Allende están la revolución
sandinista, las guerrillas centroamericanas y la
Granada de Bishop. Todas fracasadas por imitar una
revolución personal: la de Fidel Castro.
La
opción de la reforma es la única que continúa
abierta para la izquierda. Para la izquierda
socialdemócrata cubana eso está sumamente claro: ¿qué
revolución es posible ahora mismo en Cuba?
Únicamente ésta que se agota. Entonces si no hay
posibilidad, necesidad y deseo de hacer una
revolución, ¿se agotaron las posibilidades de la
izquierda en nuestro país? Si la respuesta es
afirmativa, la izquierda tiene que perpetuarse y
fagocitarse con la revolución. Pero, ¿estamos en el
momento de la revolución perpetua? Si la respuesta
es negativa, entonces la izquierda en Cuba sólo
puede surgir como reformista. Este es precisamente
el dilema del Partido Comunista de Cuba: el de
asumir, desde su versión particular del
marxismo-leninismo, los modos, el tacticismo y el
sentido de oportunidad de su predecesor, el Partido
Socialista Popular, que prefería las seguridades de
las democracias imperfectas, posponiendo su doctrina
para tiempos mejores, a las inseguridades de las
revoluciones.
El
Arco Progresista es desde ya la opción del
reformismo como concepto, fórmula y experiencia
política. Esto, entre otras cosas, nos hace
socialdemócratas más allá de los matices más
radicales o más conservadores de sus integrantes.
Porque, para seguir siendo demócratas, no utilizamos
los referentes de izquierda contra la izquierda. |