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Cristo nuevamente crucificado

José Conrado Rodríguez Alegre, Pbro.
Párroco de Santa Teresita
Santiago de Cuba

Mis queridos hermanos:

Este Evangelio que acabamos de escuchar nos muestra a Cristo dando vida a su amigo Lázaro. Cristo, a quien veíamos el domingo pasado como "luz del mundo" , dando al ciego de nacimiento la posibilidad de ver, se nos muestra ahora "como camino, verdad y vida" -"el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá"-, resucitando a su amigo Lázaro. Sabemos bien que al resucitar a Lázaro, Jesús firmaba su propia sentencia de muerte, y así el "dar la vida", que respecto de Lázaro era recobrarla, para Jesús significaba entregarla. Todo compromiso con la verdad y la justicia, significa que uno está dispuesto a dar la vida para que otros puedan vivir. Y esto sólo puede ser obra del Amor. Por eso Lázaro es, por excelencia "el amigo de Jesús", como Jesús demuestra serlo de Lázaro al darle la vida.

Luchar para que las personas que nos rodean tengan vida significa que estamos dispuestos a sacrificarnos para que los demás puedan acceder a aquellos bienes que confieren dignidad a la vida humana, que no consiste sólo en comer y beber, aunque esto haga falta para mantener la vida, sino que consiste en poder vivir en libertad, en justicia, en verdad, en paz. Son los bienes espirituales que hacen posible la vida en plenitud. Promover la vida significa promover aquellos valores que la dignifican y la hacen valiosa, que la acercan al proyecto que Dios tiene reservado para sus hijos desde la creación del mundo.

Todo hombre tiene derecho a esa vida. Derecho a la libertad y seguridad de su persona. Derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión; derecho a la libertad de opinión y expresión, lo que incluye no ser molestado a causa de sus opiniones, el investigar y recibir informaciones y opiniones, y el difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión. Derecho a la libertad de reunión y de asociación pacíficas. Derecho a participar en el gobierno de su país, porque la voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público. Toda persona tiene derecho, en condiciones de plena igualdad, a ser oída públicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial, para la determinación de sus derechos y obligaciones o para el exámen de cualquier acusación contra ella en materia penal.

Estos son algunos de nuestros derechos. Nadie, persona o institución, nos los da, ni nos los puede quitar. Por eso son inalienables. Dios se los dio a todos sus hijos para que vivan en libertad y en fraternidad, sabiéndonos iguales en dignidad. Por eso, luchar porque estos derechos se respeten y se puedan cumplir, es una obligación que tiene todo ser humano ¡cuánto más un discípulo de Jesús! La Carta Universal en la que se expresan estos derechos, dice en su artículo 30: "Nada en la presente Declaración podrá interpretarse en el sentido que confiere derecho alguno al Estado, a un grupo o a una persona, para emprender y desarrollar actividades o realizar actos tendientes a la supresión de cualqueira de los derechos y libertades proclamados en esta Declaración".

Mis queridos hermanos, en la semana recién pasada, a lo largo y ancho de la Isla, se ha estado juzgando a pacíficos defensores de los derechos humanos. Se los ha acusado, y se ha pedido para ellos larguísimas condenas de prisión. Incluso, cadena perpetua. A sólo cuatro cuadras de nuestra Iglesia, en la audiencia provincial de Santiago de Cuba, se ha estado desarrollando uno de estos juicios. Si estos hombres y mujeres fueran condenados por el delito de defender los derechos humanos, para mí esta situación tiene un único calificativo: en Cuba hoy, Cristo está siendo crucificado de nuevo, en nuestros hermanos. ¡Cómo olvidar el diálogo entre Jesús y Pablo en el camino de Damasco, cuando éste se dirigía a perseguir a los cristianos: "¿Saulo, Saulo, por qué me persigues? -¿Y quién eres Señor? -Yo soy Jesús, a quien tú persigues! (Hc 9.)

No podemos permanecer indiferentes ante esta nueva "pasión del Señor". Cada cual que ocupe su puesto, al pie de la cruz, acompañando a Cristo, ayudándolo a cargar la cruz, o en el bando de los vociferantes y acusadores, siempre dispuestos a emplear sus violentas espadas. No hay opción. No nos han dejado opción. O con Cristo o contra él.