Artículos/Ensayos
Documentos
Libros/Folletos

Publicaciones - Artículos/Ensayos

 

Domingo de Ramos

José Conrado Rodríguez Alegre, Pbro.
Párroco de Santa Teresita
Santiago de Cuba

Para Cuba que sufre, la primera palabra. De altar se ha de tomar a Cuba para ofrendarle la vida, y no de pedestal para levantarnos sobre ella. José Martí Queridos hermanos:

Permítanme que empiece hoy esta homilía evocando a Martí y recordando aquellas palabras con que comenzó un discurso memorable pronunciado en el Liceo de Tampa hace 112 años, discurso que terminaría con esta hermosa frase, "Y pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: con todos y para el bien de todos"

Acabamos de proclamar el drama de la Pasión. Con el alma sobrecogida hemos escuchado la condena de un inocente, el encarcelamiento de un justo, la injusticia ejercida contra un pobre. Hemos escuchado, con el alma de rodillas, cómo se ultrajaba, torturaba y finalmente se asesinaba a un hombre bueno, en nombre de la razón de Estado, para defender las caducas instituciones religiosas de Israel y para mantener los privilegios y riquezas de los poderosos de siempre.

La Pasión de Cristo es el resumen y paradigma de toda la pasión del hombre: de sus aspiraciones de justicia y libertad, de sus anhelos de paz y de respeto, de sus ansiasde igualdad y fraternidad. En la pasión de Cristo está sintetizado todo el sufrimiento de la humanidad, causado por el afán de las riquezas, por la ambición de poder, por la desmedida búsqueda de fama y privilegio. Como para que no nos queden dudas, de que el afán desmedido de lujos, poder y gloria, no tiene otro final que una cruz, signo de la sangre derramada por los inocentes, y una manos homicidas, empapadas con sangre fraticida.

En la Pasión de Jesús, en apretada síntesis, nos encontramos con todas las posturas que el hombre puede asumir ante la maldad y la bondad: la envidia de los sumos sacerdotes y dirigentes de Israel, celosos de Jesús, de su acogida por parte del pueblo, de su cercanía a los humildes y a los pobres, de las esperanzas que suscitaba entre la gente, al margen de la institución oficial, y en ocasiones enfrentándose a ella. La cobardía de Pilato, que, frente a los que mienten acusando a un inocente y aplastan toda justicia al condenarlo en juicio sumarísimo, antepone su permanencia en el poder, su puestecito de jefe, en lugar de defender la verdad y la justicia. La traición de Judas, el delator, que cubre sus desfalcos en el río revuelto de la Pasión y quiere hacer negocio con la sangre de su Maestro. La negación de Pedro, que es capaz de sacar la espada para herir, pero no es capaz de estar dispuesto a sufrir y morir con su Maestro. El miedo de todos los discípulos, que lejos de salir a la defensa de Jesús, de estar a su lado, prefirieron salvarse a sí mismos. "Y todos lo abandonaron y huyeron" nos dice lacónicamente el Evangelio.

Cada uno de estos grupos representa la negación a cumplir con el propio deber, a ser fieles a lo que ellos mismos representan: los religiosos judíos, niegan a su Dios, siempre de parte del justo humillado, que ofrece su perdón y misericordia al pecador. Pilato representa la impotencia del poder, que debiera estar al servicio de la justicia, pero que en realidad se pone de parte de los poderosos. Ese poder, débil para servir, y siempre dispuesto a aplastar la vida y humillar a los hombres. Judas, el discípulo infiel, el que antepone su propia ambición a la amistad, a la fidelidad a su maestro y a los ideales que decía compartir. Judas, el de la doble cara, el traidor, como decimos en Cuba, el chivato: Traicionando a Jesús, traicionando a sus condiscípulos, traicionándose a sí mismo. Pedro, que en el fondo compartía las ambiciones de fama de los sacerdotes, las ansias de Pilatos por estar y quedarse en el poder, y la avaricia de Judas. Pedro, que a pesar de todo, y de su cobardía compartida con los demás discípulos, amaba a Jesús. En el fondo Pedro era un hombre bueno, pero demasiado confiado en sus propias fuerzas, demasiado seguro de sí. El amor de sí mismo era en él, mayor que el amor a Dios y el amor a sus hermanos. Cuando Jesús lo mira, Pedro llora. No era un mercenario como Judas. Era, como tantos, un hombre débil, que no conocía su propia debilidad.

Y estaba la turba. Las masas humanas, el hombre-masa. De ellas Jesús había dicho: "me dan pena, porque andan como ovejas que no tienen pastor". A ellas Jesús les había dirigido su mensaje "Jesús les enseñaba con paciencia", nos dice la Escritura. En su presencia, a su favor, había hecho sus milagros: multiplicando el pan, curando los corazones afligidos, sanando los cuerpos enfermos. Jesús vivió sus cortos años de vida pública en "olor de multitudes". Contínuamente se escapaba para poder rezar a solas, para descansar y hacer descansar a sus apóstoles.

Jesús imantaba las masas. Pero las masas pueden ser manipuladas. Como las olas del mar son llevadas por el viento, así las masas humanas. Qué claro lo vemos en este domingo. Comenzamos la Misa recordando la entrada triunfal del Señor en Jerusalem y acabamos de leer el relato de la pasión. son las mismas masas: entre una y otra, la manipulación de los dirigentes religiosos judíos, la cobardía de Pilato, los intereses de los ricos y el miedo de los apóstoles. Jesús se paraba "a distinguir las voces de los ecos": él llegaba, dentro de la masa, a la persona. Los dirigentes judíos y romanos. eran expertos en convertir a las personas en anónima e irresponsable masa. La propaganda decide. Los manipuladores se imponen. La mentira que se promueve desde la autoridad, con el prestigio de la fama y el poder, con los "medios masivos de comunicación", convierte al inocente en culpable; al admirado rabí de galilea, en el más despreciado de los hombres.

La pasión de Jesús no es cosa del pasado. Cristo sigue padeciendo en la persona del pobre, del oprimido, del inocente condenado, del calumniado sin posibilidad de defenderse. En todas las generaciones humanas, encontramos también a los que permanecen al pie de la cruz, como María y Juan, la Magdalena, las primas de la Virgen. Siempre encontramos un Cirineo que ayuda a Cristo a cargar la cruz, una Verónica que le enjuga el rostro. Gentes de todos los bandos, como aquel soldado romano que, como escuchamos en el relato de la Pasión, exclamó al final de la pasión: "verdaderamente este hombre era el Hijo de Dios". Al final, no importa de qué bando viene uno, sino la actitud que asumes a la hora de la verdad: Nicodemo y José de Arimatea eran miembros del Senado judío. Los "buenos y los malos" pueden convertirse en eufemismos: al final cada hombre vale lo que vale su corazón: dónde te colocas, si con las víctima o los victimarios.

Mis hermanos, esta semana que termina ha enlutado el alma cubana y universal con las noticias de tantas muertes ocurridas en la guerra de Irak, de tantas y tan altas condenas, injustificadas e injustificables, en Cuba. Y finalmente el fusilamiento de los secuestradores de una lancha en la Habana. Uds. saben lo que pienso sobre el tema migratorio. Uds. saben lo que pienso acerca del uso de la violencia para alcanzar los fines, aún los legítimos, como el de decidir dónde uno vive. Pero como han dicho nuestros obispos, esas penas de muerte hacen recaer toda la responsabilidad sobre aquellos que tratan de escapar dando un portazo, sin analizar la responsabilidad de aquellos que al hegemonizar el poder, crean y mantienen una situación desesperada e insotenible para nuestro pueblo. Al cerrar el camino de la concertación y el diálogo, impiden que los demás participen en la búsqueda de soluciones al problema que nos es común. Es esta una responsabilidad muy grande y grave que el gobierno de Cuba está pendiente por solucionar.

Mis queridos hermanos: hace 15 años fui nombrado párroco de Palma Soriano y Contramaestre. Por 8 años prediqué el Evangelio de Jesucristo en aquella extensa zona. Entonces, les decía a mis feligreses que debían ser sinceros: decir lo que pensaban, no tener una doble cara. Como nos dice el evangelio, "decir sí cuando es sí y no cuando es no, porque lo que se sale de ahí viene del maligno". Que debíamos luchar por el bien común y no reducirnos a resolver los problemas nuestros y de nuestra familia, olvidándonos de los demás; que debíamos permanecer en nuestro país, y ayudar a construir una patria con todos y para el bien de todos; que no podíamos cruzarnos de brazos ante la injusticia, que debíamos comprometernos con la verdad, única que nos hace libres, y enfrentar el mal, en nosotros y en los demás con las pacíficas armas del amor; que no podíamos pasar de largo frente al que estaba tirado al borde del camino; ancianos, enfermos, presos, y tanto pobre, que apenas tiene qué comer. Yo sé que mi predicación no cayó en terreno vacío. Hubo hombres y mujeres que de diversas maneras, se comprometieron con Dios y con sus hermanos, en ambas ciudades y en muchos pueblos de la zona, en el seno de la Iglesia y de cara a la sociedad.

Por lo que llevo dicho Uds. reconocerán que aquí, en Santa Teresita, he seguido predicando el mismo Evangelio, que es el de Jesucristo. Ustedes saben que siempre he tratado de decir la verdad, tal como la veo y siento, sin medir el precio que tenga que pagar por ser fiel a ella. La verdad es una deuda sagrada que todos nos debemos. Pero en especial los pastores de la Iglesia para con el pueblo de Dios. En muchas ocasiones, pero más que nunca en estos días, ustedes me han dicho: -"Padre, cuídese". Valoro su preocupación y sé que nace del cariño que me tienen.Ustedes dicen que me necesitan, como yo a Uds. Pero hay veces que no podemos callar, si ese silencio nos hace cómplice de la mentira o la injusticia.

Como Uds. saben por la Televisión y por la prensa, algunos de esos cristianos, mis antiguos feligreses, han sido condenados a largos años de prisión, acusados de traicionar a Cuba y de vender sus conciencias por ambición de riqueza y de poder. Quienes eso han afirmado no conocen a estos hombres, no conocen su integridad, su humildad, su espíritu de sacrificio, su voluntad de permanecer siempre fieles a Cristo y a Cuba. Yo, que fui su pastor, que conozco bien su austera pobreza, su enorme generosidad y valentía, les puedo decir la verdad de sus vidas. Y si han mentido sobre la vida de estos hombres dignos, a quienes conozco muy bien, no tengo porqué creer que lo que dicen de otros, a los que no conozco, sea cierto. Por eso, cuando el domingo pasado les dije que "en Cuba, Cristo estaba siendo nuevamente crucificado", pensaba en todos aquellos que hoy están pagando tan caro "su derecho a pensar y hablar sin hipocresía".

Como antes ya he pasado por situaciones similares, sé por experiencia, que al decir estas verdades otros me considerarán un peligroso enemigo. Sé por experiencia que es probable que a algunos de Uds., un joven o un anciano, hasta un niño quizá, quizá traten de convencerlo de que hacen una obra buena si se convierten en "informantes", nombre aséptico que ahora le dan a los que en Cuba siempre llamamos "chivatos", y que en la cultura universal podría calificarse de "un Judas". Por favor, no se dejen comprar ni por halagos, ni por promesas de beneficios, ni por las amenazas del miedo. No lo digo por el mal que me puedan hacer a mi, si no por el mal que se hará a sí mismo aquel que entre en el diabólico juego de la mentira, la hipocresía y la doble cara. Aquellas personas que han nacido y crecido en esas falsas colaboraciones, juegos del equívoco y la confusión" "esos créditos para un abominable desarrollo de la doblez". Para los que han sido educados en la verdad, en "el respeto a la dignidad plena del hombre", nada hay más dañino que la mentira y la hipocresía. Los informantes, que los pongan aquellos, los que vivan o se mantengan por la mentira. Nosotros somos hijos de la verdad y de la luz.

En todos estos días, un texto de la literatura cubana ha venido una y otra vez a mi memoria. Lo aprendí muchos años atras, cuando era casi un niño. Me refiero a la "Plegaria a Dios", que el poeta Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) escribió cuando esperaba la hora de subir, injustamente, al patíbulo. Con la lectura de esos versos quiero terminar hoy la homilía.