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En defensa de
Raúl Rivero
Eliseo
Alberto
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Raúl
Rivero, en la presentación de la revista De
Cuba, en enero de este año.(AP)
No. No
me equivoco. Si la desilusión fuera un
crimen, media isla debería ser declarada
penitenciaría. Medio mundo. Media
constelación de Andrómeda
Yo pido,
exijo, que me citen una sola línea de esos
artículos, un solo verso de Raúl, una sola
metáfora, un lamento, una crítica, que no
evidencie un profundo, casi enfermizo, amor
por su país
El
testimonio de un revolucionario intachable
vale el triple que el de un poeta
inconsolable, pregúntenle si no a los cuatro
vecinos de la calle de Peñalver que
aceptaron declarar en contra de Rivero
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El poeta
Raúl Rivero es inocente de todo lo que le imputan y
culpable de todo lo que silencian sus fiscales. El
viernes 4 de abril de 2003, en juicio sumario, se dio a
conocer el "Encausamiento" que argumentó en su contra
una cadena de veinte años de privación de libertad, por
el delito de "Actos contra la independencia o la
Integridad Territorial del Estado". Dos semanas antes,
el jueves 20 de marzo, Raúl fue detenido en su
departamento de la calle de Peñalver. Las imágenes del
fuerte dispositivo policial fueron transmitidas por la
televisión cubana. Durante setenta y dos horas, en
veintinueve juicios relámpagos, se condenaron a setenta
y cuatro cubanos y una cubana.
La mayoría
de los detenidos pudo nombrar, por derecho, a sus
abogados defensores, no lo niego, pero no me nieguen que
los representantes tuvieron una limosna de tiempo para
articular los alegatos, entre la espada del riguroso
calendario y la pared del juzgado. El almanaque no
miente. La suma total de los castigos cubriría noche a
noche un milenio, cuatro siglos y 54 años de soledad,
los amaneceres que van entre el lejanísimo 549 de
nuestra era y este 2003 que nos acoge entre cañonazos,
invasiones, maleficios y fusilamientos injustificables.
Visto el caso y comprobado el hecho (ya se dictó
sentencia), mi queridísimo amigo Raúl, el gordo Raúl,
periodista de estirpe, autor de poemas cubanísimos que
en su momento se aprendieron de memoria meseras de
Coppelia, profesores universitarios, escribanos
envidiosos y vecinos vagabundos o policías, este
camagüeyano más camagüeyano que un tinajón de Puerto
Príncipe saldrá de la cárcel a los 77 años de edad, en
el imposible aniversario 64º de una revolución a la que
él entonces le habrá entregado la vida entera y la casi
totalidad de su poesía.
El dedo en la llaga
A Raúl no
lo tomaron por sorpresa. Hace unos pocos años compuso su
propia Suite de la muerte: "Acaban de
avisarme que he muerto. / Lo anunció entre líneas la
prensa oficial. / (...) Soy testigo del entierro que me
están haciendo. / Estuve alerta en el velorio / y anoté
cada gesto, cada comentario. / Lo he visto todo claro
desde mi muerte. / Los estoy esperando". Los estuvo
esperando cada mediodía, cada noche, cada amanecer,
hasta que por fin una tarde de marzo llegaron a ponerle
la casa patas arriba, quizá con la esperanza o la
convicción de que en aquella austera cueva de La Habana
encontrarían un arsenal de armas o el clásico
instrumental de los espías o planes cifrados de
sabotajes o una banderita con cincuenta y no sé cuántas
barras y estrellas, mas únicamente se llevaron el botín
de un escritor: papeles y minucias. La esperanza se
esfumó, no las convicciones. No sembraron pruebas, ni
falta que hizo: las inventaron a puras palabras. El
testimonio de un revolucionario intachable vale el
triple que el de un poeta inconsolable, pregúntenle si
no a Ada, Jacinto Inocencio, Arnulfo y Acacia Isabel,
los cuatro vecinos de la calle de Peñalver, entre Franco
y Oquendo, que aceptaron declarar en contra de Rivero:
según ellos, entre otros pecados, el poeta se dedicaba a
"tergiversar la realidad". ¿Se habrán sentido aludidos
al leer su Apuntes de la calle, un poema
que pone el dedo en una llaga que es casi estigma? Apelo
a tu estocada, Gordo: Los cubanos somos hiperbólicos: /
a los hombres que no tienen moral / los acusamos de
tenerla doble. Al que le sirva el sayo, que se lo ponga.
Así las
cosas, la fiscalía construyó el discurso del
"encausamiento" sobre un vocablo de difícil
comprobación, el astuto adjetivo subversivo (citado 17
veces en menos de ocho cuartillas, más tres como verbo y
una en función sustantiva): "Actividades subversivas",
"propósitos subversivos", "revista subversiva que
titularon De Cuba", "elementos subversivos
nacionales y extranjeros, de contenido
contrarrevolucionario y para subvertir el orden social",
"grupúsculos contrarrevolucionarios, donde se abordan
temas subversivos, otros funcionarios norteamericanos
que allí imparten sus órdenes e instrucciones
subversivas", "corresponsal a sueldo de la Agencia de
Prensa francesa, de corte subversiva Reporteros sin
Fronteras", "un libro con ideas y estrategias
desestabilizadoras y subversivas, varios casetes de
audio y de vídeo conteniendo información destinada a
subvertir el sistema, tres files conteniendo documentos
de la llamada prensa independiente, entre otros
materiales de carácter subversivo", "recibe la visita en
su domicilio con fines subversivos de personas y autos
de la Sección de Intereses de los EE UU", "y otros
materiales de contenido subversivo a distintos vecinos
del lugar, confirmará la visita de personas en autos
pertenecientes a sedes diplomáticas". La pobreza
argumental sólo es superada por el raquitismo del
vocabulario. Les ahorré algunos ejemplos por fatiga.
Para que
no se me acuse de apasionado, siéndolo, concedo a la
fiscalía cierto valor de uso sobre el término de
"ilegalidad" cuando lo aplica para devaluar las dos
instituciones que Raúl Rivero fundara junto a un puñado
de colaboradores voluntarios, entre ellos a su amigo y
coacusado Ricardo González: la agencia de noticias Cuba
Press (desde 1995) y la Sociedad de Periodistas
Independientes Manuel Márquez Sterling (desde 2000). La
legislación cubana en esta materia no deja mucho margen
de maniobra. Aun así me sorprende, por los mismos
motivos, que las hayan tolerado tantos años si hubiera
sido mucho más fácil desmantelarlas o multarlas o
prohibirlas desde su nacimiento, sin verse en la
necesidad de un juicio sumarísimo en el momento que las
autoridades de la isla habían aprendido (suponíamos) que
"los independientes" eran sin duda molestos, pero no un
obstáculo insalvable para una revolución popular,
legendaria y poderosa. Los datos oficiales dicen que la
aprueba el 98% de la población con derecho a voto. De
nada vale desconfiar de esas estadísticas. El Gobierno
debiera estar tranquilo, digo. El problema, el error, lo
oportunista, es afirmar que ambas instituciones
(ilegales, reitero, pero no secretas ni con ideales
conspirativos, pues eran conocidas, públicas y, además,
infiltradas hasta el tuétano por agentes de la seguridad
del Estado) se crearon con el propósito de "difundir
falsas noticias para satisfacer los intereses de sus
patrocinadores del Gobierno norteamericano" o
suministrar "informaciones que requería el Gobierno
norteamericano", dos variantes poco creativas de una
misma imputación. Y afirmarlo apenas unas pocas horas
antes de entreabrir las puertas del tribunal.
Una fiscalía implacable
La
fiscalía, por otra parte, se vio tan implacable como
imprecisa cuando dijo: "El acusado Rivero Castañeda, a
partir del año 2000 comienza a suministrar informaciones
semanales para la página web Encuentro en la Red,
cobrando por cada artículo, recibiendo también ingresos
por otras publicaciones, persiguiendo todos sus escritos
un manifiesto propósito desestabilizador del Estado
cubano (...). También, con similares fines, realiza
publicaciones subversivas para la revista Encuentro y
para el sitio web Encuentro en la Red, que le pagan por
cada colaboración suya, informando siempre sobre temas
que requiere Estados Unidos para mantener su política
hostil dirigida a derrocar la revolución cubana". Yo
pido, exijo, que me citen una sola línea de esos
artículos, un solo verso de Raúl, una sola oración, una
sola metáfora, un lamento, una queja, un reclamo, una
crítica que no evidencie un profundo, casi enfermizo,
amor por su país. Encontrarán, por supuesto, frases
tristes, octosílabos desgarradores, párrafos
angustiados, incluso pesimistas, sobre el presente y
futuro de Cuba, pero la tristeza, el desgarramiento, la
angustia e incluso el pesimismo no son delitos. ¿O me
equivoco? No dudo que me equivoque, pues mis amigos
dicen que soy terriblemente melancólico.
No. No me
equivoco. Si la desilusión fuera un crimen, media isla
debería ser declarada penitenciaría. Medio mundo. Media
constelación de Andrómeda. Lo del pago por las
colaboraciones o los derechos de autor es una práctica
habitual, profesional, obligatoria y justa de que cual
viven, por demás, escritores, músicos, pintores,
ensayistas y hasta políticos de la isla. Si se las
hubieran publicado en su tierra, las habría cobrado en
el Banco Popular de Ahorro de Centro Habana. Sin
embargo, la afirmación de que los temas eran requeridos
desde Estados Unidos resulta más filosa, aunque no me
cabe duda de que, al menos en la obra periodística y
literaria de Raúl Rivero, es sencilla y llanamente una
calumnia. ¿Acaso la Agencia Central de Inteligencia le
"requirió" que escribiera sobre El Chino de la Charada
(con sus grabados y sus números, tiene siempre un signo
de emoción y esperanza) o las Jineteras de la Quinta
Avenida de Miramar (pura fantasía con sus lentes de
Armani) o aquella crónica sobre su entrañable amistad
con Nicolás Guillén, a quien quiso como a un padre y
quien lo malcrió como a un hijo (bajó a Ignacio
Agramonte de su caballo y a José Martí de sus pedestales
con unos artículos lúcidos y hondos), por no mencionar
su retrato de Heberto Padilla, "un caso" sobre el cual
hasta la propia dirección de la cultura cubana reconoce
que se cometieron errores. ¡Ah!, Gordo, qué ingenuos
somos cuando soñamos en voz alta; en ese texto tratas de
tranquilizarnos al asegurar que no habrá posibilidades
de repetirlo (el caso Padilla) ni siquiera como comedia.
Las posiciones gubernamentales pueden ser inmutables,
pero el mundo no. La vida tampoco. Heberto estuvo
detenido tres o cuatro semanas en Villa Marista, tú
pasarás 7.305 noches en el infierno si hoy no somos
capaces de impedirlo por bien de todos, e incluyo a los
revolucionarios que en la isla y en silencio se duelen
de tu suerte. Sigo.
Sigo. A
ver, díganme qué interés puede tener la Casa Blanca o el
Pentágono en divulgar la bellísima despedida que
escribió Rivero a sus amigos que se van de Cuba (Irse es
un desastre. Una catástrofe íntima), publicada nada más
y nada menos que en el Nuevo Herald de
Miami (ahora sabemos, por todo lo que está pasando Cuba,
que en el espacio que existe entre irse y volver hay que
fundamentar la permanencia, porque permanecer siempre
será un antídoto contra el desencanto. Y un veneno para
el olvido), o en su reseña literaria sobre Mariel, la
estupenda novela de José Prat Sariol (uno de los pocos
escritores de la isla que se atrevía a visitarlo en su
casa, ¿el único?). Qué le importa al Imperio que Raúl
publique en la Revista Hispano Cubana su
nostálgico artículo sobre el Caballito blanco de Changó
o su gracioso Monólogo del policía o su vallejiano
elogio de la maquinita de escribir (yo recuerdo la
Underwood de mi tío, aquel periodista provinciano que
murió en el exilio, y renuevo mi amor cada mañana por
esta Olivetti esbelta y beige, que me hace experimentar
el goce de tocar lo que pienso y me hace padecer, que es
siempre una fórmula de la altura y la fineza), o su
demolición de los mandamases que en el mundo han sido,
sin nombre ni apellidos (el totalitarismo es más fuerte
que la belleza. Un soneto es una brizna frágil de
sentimiento frente al ardor de las proclamas políticas.
Sólo que la belleza y el soneto son eternos y es su
perdurabilidad lo que doblega el señorío oscuro y
provisional de un gobernante (...). Se sabe que los
Gobiernos miran la cultura como un buey mira un piano).
Por amor de Dios, díganme qué oficial de inteligencia o
contrainteligencia, qué investigador, qué ideólogo, qué
perito en informática, qué mentiroso, ¡quién de ellos me
demuestra que James Cason, actual jefe de la Oficina de
Intereses de EE UU en Cuba, un funcionario prepotente,
en verdad dañino, petulante, altanero y detestable, una
bazofia humana que quiere menos a Cuba que yo a la
gallina que acabo de almorzarme, cuál de todos me
convence de que míster Cason o un idiota semejante haya
sido el "superior" que le ordenó a Raúl Rivero aquel
texto sobre el poeta Eliseo Diego que no cito en este
párrafo para no echarme a llorar en la terraza! Y
hablando de mi padre, quiero recordar una oración del
prólogo que escribiera para un libro de Raúl, pues viene
al caso: "Lo característico (en la poesía de Rivero) es
la violencia impaciente".
Más
adelante, la fiscalía esgrime una acusación digna de
tomarse en cuenta, por el sereno y al mismo tiempo
cínico uso de la exageración: al centro mismo del
"Encausamiento", el licenciado Moreno Carpio asegura (y
lo creo porque lo leo) que en el registro efectuado en
el apartamento de la calle de Peñalver al poeta se le
ocuparon, "entre otros materiales de carácter
subversivo", una radio marca Sony, una grabadora, un
cargador digital de baterías, una máquina de escribir
(¿su Olivetti esbelta y beige?), una laptop marca
Samsung, un adaptador de cámara vídeo ocho (no la
cámara), varios casetes "conteniendo información
destinada a subvertir el sistema económico, político y
social cubano" (sin dar títulos), cinco ejemplares de su
libro Ojo Pinta y dieciocho sobres
conteniendo artículos varios y recortes de sus trabajos
periodísticos, tres files con documentos de "la llamada
prensa independiente", y supongo (aunque no se registre
con la misma precisión) que también deben de haberle
"descubierto" en la cocina o en el baño una azucarera,
un jarrito de aluminio, un salero, un pomo de colonia
Fiesta, tal vez dos rollos de papel higiénico, una caja
de palitos de dientes, siete u ocho cuchillos de mesa,
platos de muy distintas vajillas, una maquinita de
afeitar desechable y, quién quita, uno de esos
artefactos mortales, tan peligrosos para la humanidad
que desde el derribo de las Torres Gemelas las
autoridades aeroportuarias las expropian a los viajeros
de clase turística para así combatir al terrorismo: un
cortaúñas metálico. Tampoco se consignan, por ejemplo,
las obras completas de Nicolás Guillén dedicadas de puño
y letra por nuestro poeta nacional ni los discos de
Silvio Rodríguez y Pablo Milanés y Carlos Puebla que
Raúl me puso el día que me invitó a almorzar arroz con
frijoles en su casa -después de todo, hicieron bien en
no consignarlas, pues hubieran confundido a la opinión
internacional con detalles cursis y frágiles: se acabó
la diversión, llegó el Comandante y... Y mucho menos
enlistan sus subversivas apologías de la justicia
social, sus subversivas décimas, sus subversivos
bolígrafos y, claro, un montón de versos subversivos
impresos en la contracara de hojas mimeografiadas,
páginas desechables que, quizá, no lo dudo, alguna vez
contaron la subversiva Historia del PCUS,
¿único tesoro que le dejó en herencia su padre, el
proletario Esineo Tiburcio, orgulloso rescatista de la
Defensa Civil? Un tipazo. Lo recuerdo levemente. Cuando
entraba un ciclón en La Habana, Esineo se envolvía en
una capota de hule y salía a patrullar la zona, a contra
ráfagas, en busca de los callejeros perros de nadie.
Padre mío que estás en las sombras / de esa gran noche
sideral / tú que no fuiste todopoderoso / que en vez de
multiplicar los panes y los peces / te los quitaste para
dárnoslos / si estuvieras despierto y terrenal / me
prestarías tu brújula y tu vieja memoria de caminos y
fronteras. Raúl siguió el ejemplo de Esineo. ¡Cómo le
llueve encima!
Las abrumadoras minorías
Cualquier
juez en sano juicio exculparía a Raúl de tales delitos.
Y, sin embargo, el poeta es culpable -y no por lo que
afirman de él, repito, sino por lo que callan-. Sí, eres
culpable, Gordo. Lo siento. Sabes que te quiero.
Entiéndelo. Culpable de tu imprudencia, de tu audacia,
hermano, culpable de no haber sentido miedo al decir o
redactar o defender lo que piensas sobre lo que sucede
cada día en los callejones sin salida de la abulia y la
indiferencia, total, si entre nosotros el silencio es
una epidemia y la ilusión un polvorín (marzo entró este
año a Cuba, como siempre, para marcar el final del leve
invierno (...). Fui una de esas personas que desde Cuba
hablé y me ilusioné con la alternativa de democratizar
gradual, civilizadamente, ese sitio del mundo que más de
once millones de seres humanos en La Habana y Madrid, en
Venezuela y EE UU, en Estocolmo y Caracusey, en Santo
Domingo y Chivirico llaman, de un modo especial, la
patria, leo en tu artículo Los antediluvianos días
de marzo). Culpable de tus amores tercos, de tu
tozudo corazón, de haber supuesto que tu sitio estaba en
ese apartamento sin ventanas de la calle de Peñalver
entre Franco y Oquendo y no en cualquier rincón de este
planeta azul, ancho y ajeno, en mi casa de México, por
ejemplo, o en la remota Cochinchina -donde se dice
edificaron la famosa Casa del Carajo-. Culpable de
enamorarte como un loco, de creer en el mejoramiento
humano y la utilidad de la virtud y los dones de la
sinceridad. Culpable, en fin, de querer tanto a un país,
el nuestro, que no siempre agradece el sacrificio, un
pueblo que se niega a escuchar a sus abrumadoras
minorías, pues aunque me joda reconocerlo los cubanos
somos desmemoriados y epidérmicos. Zorros. "Se lo buscó",
he oído decir en este arranque de abril a varios Judas y
Poncio Pilatos y Barrabases: "Se lo dije. No te
emberrinches, compadre, quédate tranquilo en casa
mientras pasa el apagón. Pero te pusiste a paluchear. Yo
lo veía venir. Te lo advertí". Sí, se lo buscó, y eso lo
distingue y engrandece, contesto. Pero eres culpable,
Raúl, compréndelo, culpable de haber escrito el 21 de
febrero de 1999 tu Monólogo del culpable,
a escasos días de haberse aprobado la ley que ahora
formaliza el derecho a que te abofeteen la cara: la
letra de la ley, dijiste iracundo, permite a las
autoridades de mi país condenarme por el único acto
soberano que he realizado desde que tengo uso de razón:
escribir sin mandato. Y más adelante te anticipaste a
los acontecimientos, una costumbre irresponsable por muy
escritor que seas y te coloques allá en el filo del
horizonte para anunciarnos las tormentas que se tuercen
sobre nosotros -el centinela horizonte, ¿recuerdas?, ese
sitio donde el camarada Lenin aconsejaba que deportaran
a los poetas y a los soñadores-. Me cuesta mucho trabajo
sentirme culpable. Es casi como si se me acusara de
respirar o se me anunciara una eventual prisión por amar
a mis hijas, a mi madre, a mi mujer, a mi hermano y a
mis amigos (...). De modo que una disposición redactada
con la tinta perecedera de las trampas políticas,
envuelta en una maniobra chapucera para hacer aparecer a
un pequeño grupo de periodistas que trabajamos en Cuba
como aliados de narcotraficantes y proxenetas y
mercenarios a sueldo de EE UU, me produce sólo un
variado cóctel de repugnancia. Los años de cárcel que la
ley promete con generosidad, por encima al temor del
encierro y al castigo, hay que verlos con consternación
(...). Nadie me hace sentir como un criminal, un agente
enemigo ni como un apátrida ni como ninguna de esas
necedades que el Gobierno usa para degradar y humillar.
Soy sólo un hombre que escribe. Y escribe en el país
donde nació y donde nacieron sus bisabuelos". Culpable,
Raúl, tan culpable como yo. Como tantos. Lo dijo tu
paisano Nicolás Guillén, lo dijo Beny Moré, tenemos lo
que teníamos que tener: dolor y pena. Hasta tú mismo lo
escribiste, caray, ¿o lo olvidaste?: Soy un desastre
como mi pasado / un mal sueño como mi porvenir / y una
catástrofe como mi presente. / (...). Perdonadme
entonces que sueñe con cercos policiales y amigos
encarcelados. Ya te extraño.
Ya pierdo
aliento, hermano grande. Me trabo. Me desplomo. Desde el
suelo, derrotado, humillado, avergonzado de mi país y
mis espantos, repito entre dientes lo que alguna vez
dije en defensa de los presos políticos de la isla: "Dios
no los guarde, Dios los libre". Como entonces, hoy nadie
escuchará mi ruego -ni Él, ocupado como debe de estar
allá por Babilonia, donde (te cuento por la claraboya de
tu celda) le acaban de hacer trizas lo poquito que
quedaba del Edén. |