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¿SERÁ ESCUCHADA LA IGLESIA?
Por
Orlando Márquez
Palabra Nueva
Después de
la reacción reprobatoria internacional como resultado de
las detenciones y sanciones de opositores políticos en
Cuba y del fusilamiento de tres jóvenes cubanos que
secuestraron, sin éxito y sin derramamiento de sangre,
una embarcación para emigrar, muchos miraron hacia el
Vaticano esperando un pronunciamiento sobre el tema. Y
el pronunciamiento ya se había emitido pero de forma
privada (ver Palabra Nueva, Mayo 2003, N° 119). Hacerlo
público, a partir de reclamos posteriores, fue reconocer
que el mundo tenía derecho a saber qué pensaba el Papa
sobre el asunto. La Iglesia en Cuba, por su parte, ya
había emitido una declaración rechazando los
fusilamientos y las duras condenas.
Durante
los días del conocido diferendo con la Unión Europea por
el mismo asunto, y todavía al calor de intercambios
verbales, la Embajadora de Cuba ante la República de
Italia, María de los Angeles Flores, en una conferencia
de prensa en Roma, al tiempo que criticaba la posición
del ejecutivo italiano, declaró -así lo dice el cable de
AP con fecha 18 de junio- que "el Vaticano tiene una
posición respecto de Cuba más positiva".
La
posición positiva del Vaticano había quedado establecida
por el Cardenal Angelo Sodano al solicitar primero, del
Presidente Fidel Castro y en nombre del Papa, "un gesto
significativo de clemencia hacia los condenados". Días
después el Cardenal hablaba de la desilusión del Papa
por las condenas severas y los fusilamientos, al tiempo
que mantenía la esperanza de que el Presidente cubano
"pueda llevar a este pueblo hacia nuevas metas de
democracia, respetando las conquistas que se han dado en
estas décadas". Y para que no quedaran dudas respecto al
modo en que la Iglesia actuaría, el también Secretario
de Estado de la Santa Sede habló del diálogo: "El
diálogo nunca se interrumpirá, porque en todos los
hombres existe una base para conversar".
No se
trataría sin embargo de un clásico diálogo político,
aunque tuviera implicaciones políticas o esté motivado
por acciones políticas y en medio de enfrentamientos
políticos. Sería un diálogo distinto. Este actuar
distinto de la Iglesia, que a veces confunde a algunos e
irrita a otros, refleja precisamente esa distancia
crítica que la Iglesia debe mantener respecto a la
política activa y partidista. Precisamente el no
compromiso con ninguno posibilita la capacidad de
acercarse a todos, porque distancia crítica no es
ausencia
Pero el
Cardenal Sodano ha hablado concretamente de democracia.
La Iglesia -la Doctrina o Enseñanza Social de la Iglesia
para ser más específicos- ofrece una percepción propia
de la democracia. Los Papas del siglo xx aportaron sus
ideas al respecto. Uno de ellos fue Pío XII, quien
afirmó que el interés de la Iglesia sobre el asunto se
dirige no tanto "a su estructura y organización exterior
-las cuales dependen de las aspiraciones peculiares de
cada pueblo-, cuanto al hombre como tal" que es "sujeto,
fundamento y fin" de la sociedad. "Cuando se aboga por
una mayor y mejor democracia -añadía el Pontífice-
semejante exigencia no puede tener otro significado que
el de colocar al ciudadano en condiciones cada vez
mejores de tener su propia opinión personal, y de
expresarla y hacerla valer de manera conducente al bien
común" (El Problema de la Democracia, radiomensaje de
Navidad, diciembre 1944).
Para la
Iglesia no se trata pues, de la batalla entre el
capitalismo y el socialismo o entre revolucionarios y
contrarrevolucionarios, criterios estos no tan objetivos
sobre los cuales mantiene aquella distancia crítica que
no siempre es entendida. Para la Iglesia se trata de la
preeminencia de la persona humana sobre toda postura
ideológica. La desilusión de Juan Pablo II referida por
el Cardenal Sodano no es motivada por la existencia en
Cuba de un Gobierno que se declarara socialista, sino
por la decisión tomada bajo este Gobierno para imponer
duras sanciones a personas que expresaron o expresan "su
propia opinión personal" y la hacen valer "de manera
conducente al bien común", o por la decisión judicial,
bajo este mismo Gobierno, que condenó a muerte a tres
frustrados secuestradores.
La
Doctrina Social de la Iglesia, que no es dogma y sí
evoluciona al paso que evoluciona la sociedad humana, se
sostiene en este principio invariable que coloca al
hombre por encima de todo proyecto social, económico o
político, siempre, aún cuando algunos consideran,
basados en presupuestos ideológicos, que no hay nada qué
hacer.
Si esta
acción pública de la Iglesia -la verdadera misión
profética- no manifestara también esa paradójica
convicción de creer siempre en la humanidad salvable de
los hombres, en su capacidad regenerativa y su vocación
superior, si la Iglesia no creyera en la posibilidad de
buscar el bien que hay en todo ser humano -no en unos sí
y en otros no, sino en todos-, aún cuando los mismos
hombres cometan actos repudiables, ¿para qué predicar
sobre el amor y la salvación, la fraternidad y la
solidaridad, la misericordia y la reconciliación? ¿De
qué Dios estaríamos hablando? Ciertamente no sería del
Jesús del evangelio que fue crucificado para salvar a
todos, que no hizo caso de Herodes "el zorro" ni se
comprometió a encabezar una revuelta contra el Imperio
romano.
Por otro
lado, detrás de la posición positiva del Vaticano que
mantiene abierta las puertas para el diálogo, está
también la defensa de determinados valores humanos que
constituyen el verdadero fin de la democracia: la
libertad, la justicia y la participación de todos los
ciudadanos en la búsqueda del bien común. "Son valores
-ahora sí en palabras de Juan Pablo II- que ningún
individuo, ninguna mayoría y ningún Estado pueden crear,
modificar o destruir, sino que deben sólo reconocer,
respetar y promover" (Evangelium vitae, 71).
¿Serán
escuchados los cubanos que, inspirados en el pensamiento
cristiano o en otras concepciones filosóficas, desean
comprometerse con el bien común y el futuro de la
Patria? ¿Serán escuchados los Obispos cubanos, cuyo más
claro llamado al diálogo fue lanzado hace ya diez años?
¿Será escuchada la Iglesia, abierta al diálogo porque
está convencida de que "en todos los hombres existe una
base para conversar" y desea así ayudar a todos, tanto
gobernantes como gobernados? ¿Será escuchado el Santo
Padre y su oferta de diálogo ofrecida por el Cardenal
Angelo Sodano, quien tiene la esperanza de que el
liderazgo cubano pueda "llevar a este pueblo hacia
nuevas metas de democracia"?
Al menos
hasta ahora no se ha respondido positivamente a la
posición positiva del Vaticano que incluía la solicitud
de "un gesto significativo de clemencia hacia los
condenados": las duras sanciones contra los disidentes
fueron ratificadas.
Para el
Gobierno cubano no hay país o gobierno en el mundo con
la autoridad moral suficiente para condenar, cuestionar
o criticar la política oficial cubana. Sólo el Papa y la
Santa Sede han estado excluidos del rechazo oficial,
hasta ahora. ¿Evidente reconocimiento de la autoridad
moral del Papa? Tal vez. Quizás también porque el Estado
Vaticano, por su misma naturaleza -distinta-, no condena
ni critica en alianzas, no impone sanciones, rechaza el
mal y no a las personas. Sin embargo, su influencia es
moral y depende exclusivamente de la voluntad de quienes
le escuchan, si le escuchan. Pero si el Gobierno cubano
valorara como positiva la actitud del Vaticano, que no
es diferente de aquella que desea manifestar la Iglesia
en Cuba, habría esperanzas.
Pero
supongamos que no se abren nuevos espacios de
participación democrática y económica para los
ciudadanos. Cuba seguirá teniendo disidentes, más
activos o menos activos, con o sin apoyo exterior,
simplemente porque no todos pensamos igual sobre la
realidad social; y tendremos más "agentes" infiltrados y
más desconfianza prolongando esta especie de "guerra
fría" interior; tendremos más condenados a largas
sanciones y se acumulará el descontento, quizás no para
todos pero sí para una parte importante de los cubanos,
nunca despreciable aunque fuera pequeña, y no es fuerte
una sociedad donde se habla de "nosotros" y "ellos". En
lo económico, Cuba es un país con grandes recursos
humanos, con una población instruida y técnicamente
capacitada para nuevos retos, pero limitada para crear
mayores riquezas económicas. Si nada cambiara, entonces
Cuba seguirá siendo un país pobre acumulando su deuda
que, para mantener las actuales estructuras sociales y
políticas -aunque no para crecer económicamente-
dependerá más de los vaivenes del turismo internacional,
de las inversiones extranjeras -que seguirán siendo
insuficientes-, de más ayudas humanitarias y más envíos
de dólares de los que emigraron; y habrá una población
que mayormente sobreviva con escasez de alimentos, ropa
y otros renglones de primera necesidad; continuaría así
creciendo el robo y la corrupción, que son males
generados por la miseria económica y también moral.
Lo
contrario, mayor apertura democrática y económica, no
traería el paraíso. No existe en la Tierra. Pero se
renovaría la esperanza en el futuro, la confianza entre
las personas y el compromiso social, y así menos cubanos
desearían emigrar. Los nuevos problemas que surjan,
inevitables en cualquier sociedad, serían resueltos
entre cubanos, soberanamente, por leyes o por otras vías
civilizadas en un mayor nivel de cohesión social, que no
significa consenso total. El potencial de una población
instruida podría generar mayores riquezas y la sociedad
sería más justa. Sí, más justa. ¿No hablaban más o menos
de esto aquellas cinco "leyes revolucionarias" que se
hubieran pronunciado si el ataque al Cuartel Moncada,
hace cincuenta años, hubiera tenido éxito?: 1) devolver
al pueblo la soberanía y proclamar la constitución de
1940 como la verdadera ley suprema del Estado...; 2)
conceder la propiedad inembargable e intransferible de
la tierra a todos los colonos, subcolonos, etc., que
ocupasen parcelas de cinco o menos caballerías de tierra...;
3) otorgar a los obreros y empleados el derecho a
participar del treinta por ciento de las utilidades en
todas las grandes empresas...; 4) conceder a todos los
colonos el derecho a participar del cincuenta y cinco
por ciento del rendimiento de la caña...; 5) confiscar
todos los bienes a todos los malversadores de todos los
gobiernos... (Fidel Castro, La Historia me absolverá).
No sé si en la práctica todo esto hubiera sido posible,
pero de la justicia de estas "leyes" no implementadas no
tengo dudas.
No se
trata de volver al pasado, como algunos rápidamente
suelen interpretar. Al pasado no volveremos jamás, es
imposible. Tampoco el pasado debe secuestrar el presente
ni el presente hipotecar el futuro, porque nos debe
preocupar una ley que castiga el disentir respetuoso o
que tantos deseen emigrar y otros no quieran expresar lo
que piensan por temor a sufrir prisión o marginación. Se
trata de darnos una mejor oportunidad a nosotros mismos,
a todos, sin exclusión, ahora.
No sé si
de esto se hablaría en un supuesto diálogo ofrecido por
la Santa Sede; es sólo mi opinión como católico y como
cubano. En este momento particular se trata ante todo de
una cuestión moral, que sólo es política en el amplio
sentido de la palabra: el bien común. Y éste no se logra
por un igualitarismo que resta humanidad ni por la suma
de determinados bienes sociales. El bien común es el
fruto que surge de un entramado de condiciones sociales
que permite a los individuos y a todos los grupos de la
sociedad vivir a plenitud, donde nadie queda olvidado o
marginado porque cada uno es responsable del otro. |