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Un paseo por Guadalajara en el marco de la recién concluida Feria Internacional del Libro

Alejandro Ríos, Miami
(Tomado de la Revista Encuentro Edición 528 con autorización del autor)

-I-

Es un domingo espléndido en Guadalajara, México. Por la avenida Juárez, delante de mí, camina una negra cubana acompañada de otra joven, al parecer nacida en Jalisco. A todas luces, la isleña participa en la Feria del Libro, tal vez como bailarina, según delata la identificación que pende de su cuello. Quiero ver la catedral pero antes me interesa saber a dónde va, presurosa, mi coterránea. Cruza la calle y entra en una tienda donde venden champú y jabón.

Luego parto hacia el mercado de San Juan de Dios, porque en la casa no me perdonarían si regreso sin la correspondiente artesanía local. Haciendo las compras me encuentro con un escritor amigo, que aunque vive en Cuba se ha procurado una invitación de manera independiente para el evento. Hablamos de los temas que nos unen y de los que nos separan. Elogiamos la imaginería artesanal, el arte culinario y el fervor circundantes y luego me enseña sus adquisiciones emergentes: un abridor de latas, una llaves mecánicas "para este amigo que tiene una moto"...

Fui a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como scout, aprendiz y analista para enriquecer a su homóloga del sur de la Florida. Hubo progresos en ese sentido. Contactos y expectativas para el veinte aniversario de la Feria Internacional del Libro de Miami que se celebra en noviembre de 2003.

En el ínterin tropecé con la "avalancha cubana". La feria mexicana estaba dedicada a la cultura cautiva de la Isla, con raras y controversiales excepciones. Sería el reencuentro con viejos amigos y conocidos luego de diez años de exilio. En el resumen sabría que no habían acontecido muchos cambios. Los dirigentes seguían siendo particularmente arrogantes, con un barniz de "inclusión" y apertura. Los policías encubiertos algo más gentiles y diplomáticos, pero de miradas no menos torvas. Los funcionarios, discípulos de un capitalismo indigente. Los escritores, atentos a las señales, practicando otras maneras del miedo.

Escritor-dirigente

Caminan displicentes por los pasillos de la sede del evento. Sostienen un aire demodé de los años sesenta, con largas greñas guerrilleras. Reciben la reverencia de sus acólitos. Sonríen, indagan y llaman la atención, con suavidad cuando es necesario. Aunque se muestran seguros, saben que hay representantes del "enemigo", "conspirando" libremente por los pasillos del pabellón.

Un escritor-dirigente de la plana mayor practica la extraterritorialidad. No porque tenga familia en Miami y haya enterrado recientemente a su padre con galones de revolucionario cuando ya el anciano poeta recriminaba en alta voz el rumbo de su frustrada revolución, sino porque luego de tener la gentileza de saludarlo y preguntarle por su familia, se toma la licencia de regañarme: "Estás apretando Alejandro". Me hago el desentendido y quiero saber el por qué de su propia boca, pero no soy complacido: "Tú sabes por qué". Entre las razones de su disgusto debe estar el colaborar con esta publicación, por sólo citar uno de los ejercicios que depara la libertad.

Otro habla sin parar, traza límites y coordenadas según concibe la vida cultural, a su manera. Aprovecha la oportunidad para atacar. Se saca una carta debajo de la manga y dice que no es posible elogiar a Osvaldo Navarro, quien acaba de escribir una hermosa novela (Hijos de Saturno) en México, donde reside, sobre la vida aciaga de un combatiente revolucionario traicionado por el mundo nuevo que ayudó a construir. No importa si es buena literatura. Navarro no tiene perdón, no puede cambiar de idea, imposible que recapacite. Pasarse al bando opuesto no es forma de purgar su pasado comunista. Es un apóstata, como Jesús Díaz, Rafael Rojas o Eliseo Alberto Diego. Ya le tienen un rincón de odio en el sitio electrónico de la cultural oficial cubana del Internet.

El escritor-funcionario actúa en consecuencia, hay que denigrarlo cada vez que se ofrezca la oportunidad.
 

-II-

Premios nacionales de literatura

Estuvieron marginados, fueron parias en el país que después les concedió la más alta distinción literaria. Ahora son ancianos domesticados. Los desembarcan como una tropa fantasmagórica de asalto al presente desde el otrora pasado siniestro. Son utilizados de manera desvergonzada. Hay uno que parece una caricatura de sí mismo. Habla de Martí para entender el marxismo en Cuba y de Lezama como hombre comprometido con la revolución ignorando, cínicamente a su edad provecta, las cartas del poeta a su hermana de Miami donde refiere en la intimidad todo lo contrario.

Otros no han perdido su aire infidente: "Quiero ver el acto final de esta tragedia griega", subraya uno al hablar de la dictadura.

Veo que muchos funcionarios se le acercan para, de cierta manera, mimarlo. Incluso uno que no sabe quién soy le recuerda que en la noche hay una comida con Patricia Gutiérrez, directora de la Editorial Plaza Mayor, quien presentará al día siguiente una colección con escritores cubanos de "aquí y de allá". Todo parece indicar que en el encuentro nocturno deberán ultimar detalles y tratar de que las asperezas no se ventilen en público.

"¿Por qué te quieren tanto ahora?", le pregunto, y me contesta sin apenas meditar: "Porque les han dicho que me quieran".

Funcionarios y periodistas

Parecen miembros de una delegación soviética con sus trajes mal cortados y su cortesía impostada frente a la bondad y los exquisitos modales de los mexicanos. Son aguerridos en el frente de la contienda, defendiendo la "batalla de ideas" del país más culto del universo. Haciendo promesas comerciales e informativas que luego no podrán honrar. Me tropiezo con un viejo conocido. Me dice que es su última ronda en el sector, que está harto de tanta ineficiencia y de seguir las órdenes del Mesías. "El sistema no tiene remedio. Estoy en conversaciones para unirme a una firma capitalista europea en La Habana".

Escritores

Experimentan el alborozo de estar "afuera", tomando un aire y muchas otras cosas más. Las restricciones materiales quedan atrás durante unos días, no así las otras, porque no se representan a sí mismos. Son Cuba o más bien la idea que tiene el Gobierno de ser cubano. Los veo incómodos cuando tratan de quedar bien con Dios y con el Diablo. Muchos saltan de emoción con el reencuentro. En dependencia, nos decimos que estamos "igualitos o más viejos". Otros extienden sus manos gélidas para no involucrarse demasiado. Simulan el síndrome suizo y se empeñan en comportarse como Fernando Vallejo o Rosa Montero, pero la impedimenta es mucha.

Este famoso ensayista, capaz de justificar cualquier desmán ("Reina María es la única escritora importante que no ha venido a la Feria", olvidando a Raúl Rivero, Abilio Estévez, Leonardo Padura o Pedro Juan Gutiérrez, por sólo mencionar algunos ausentes de la Isla), evita encontrarse conmigo. Le gusta hablar de la "diáspora" y tiene como una extraña fijación con los Estados Unidos. Es un bon vivant, la familia a buen recaudo. Si se produce el cambio, ostentará capítulos de disidencia en su vida intelectual, como para decir "yo era un adelantado". Si la inmovilidad prosigue, le tocará seguir saltando sobre el pantano, salpicándose alguna que otra vez, hasta tanto el cielo se despeje y tal vez decida exiliarse en el norte revuelto y brutal.

Un cielo límpido cubre a Guadalajara este domingo y espero que abra el hospicio para ver los murales de Orozco, hijo pródigo de la ciudad. Otra persona también aguarda y notamos que somos cubanos. Es un ingeniero químico que vino a la Feria. Nos presentamos y dejamos por sentadas nuestras geografías. Al final me invita a volver a Cuba, aunque sea de visita. Le digo que lo veo poco probable y me pregunta por qué: "Es una razón de principios, no puedo pedir una visa para entrar al país donde nací y me hice adulto..." "Eso cambiará", me susurró sin mucho convencimiento.