En los primeros días
de octubre nos reunimos en Berlín varios intelectuales y
académicos cubanos y de Europa central y oriental,
convocados por la New School University de Nueva York,
la Universidad Humboldt y la Asociación Encuentro de la
Cultura Cubana. Será difícil olvidar las sugerencias y
consejos que, a partir de sus propias experiencias como
intelectuales públicos involucrados en transiciones
democráticas, nos dieron nuestros célebres colegas
europeos.
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Adam Michnik, ex disidente y
director de la 'Gaceta Wyborcza',
Polonia. |
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La importante filósofa
y socióloga húngara Agnes Heller, alumna de Gyorgy
Lukacs y Hannah Arendt, habló del carácter efímero de
las revoluciones y de la importancia de olvidar ciertos
eventos del pasado autoritario para avanzar hacia la
construcción del nuevo orden democrático. El gran
politólogo alemán Claus Offe, autor de Varieties of
Transition (1996), llamó la atención sobre la
importancia de los accidentes y las oportunidades en el
proceso de cambio de régimen. El profesor de Oxford
Lawrence Whitehead, experto en transiciones
latinoamericanas, insistió en la necesidad de no abrir
demasiado el horizonte de expectativas y de trazar metas
alcanzables.
La más instructiva y
emocionante intervención del coloquio fue, a mi juicio,
la del lúcido intelectual polaco Adam Michnik, veterano
de Solidaridad y hoy director de la Gaceta
Wyborcza, la más influyente publicación de la nueva
Polonia. Michnik reiteró en Berlín su conocida fórmula
de "amnistía sin amnesia", como la mejor manera de
atraer a la burocracia reformista hacia la senda del
cambio y de aislar a los núcleos intransigentes del
poder. En este tenor, Michnik alertó sobre lo
perniciosas que resultan, en la primera etapa de la
transición, las estrategias maximalistas de la oposición,
caracterizando a estas como los peligros de un "anticomunismo
con rostro bolchevique".
Tiene razón Michnik.
También en el proceso cubano es detectable una oposición
maximalista, un anticastrismo bolchevique. ¿Qué tipo de
anticastrismo es ese? Ni más ni menos aquel que juega a
todo o nada, a ganar sin costos, a controlar los hilos
de la transición, a llegar al poder de un golpe. No
insinúa Michnik, por supuesto, que la oposición se
estanque en un proceso de pequeños pactos irrelevantes,
en los que el gobierno sólo ofrezca migajas. Se trata de
llegar a una verdadera transacción con la suficiente
autoridad moral y política como para imponer
condiciones.
Michnik, quien proviene
de la izquierda postcomunista, usa la palabra
"bolchevismo" con plena conciencia etimológica. Como es
sabido, el debate entre opciones maximalistas y
minimalistas dominó los orígenes de la socialdemocracia
europea. En Alemania, durante los debates del programa
de Erfurt, en 1891, quedaron zanjadas las posiciones de
Kautsky, a favor del programa máximo del socialismo, y
de Bernstein, partidario de un avance gradual, paso a
paso. En los años previos y posteriores a la Primera
Guerra Mundial, Kautsky y su principal discípula, Rosa
Luxemburgo, terminarían dándole la razón a Bernstein: al
socialismo debía llegarse por medios democráticos y la
democracia no era más que un conjunto de reglas que
impiden, precisamente, la realización de programas
políticos extremos.
Aquella disputa tuvo su
versión rusa en el Segundo Congreso del Partido Obrero
Socialdemócrata celebrado en Londres, en 1903. Lenin
pensaba que el partido debía ser una organización de
políticos profesionales, plenamente entregados a la
causa revolucionaria y ciegamente leales a sus dogmas
primordiales. Mártov, en cambio, pensaba que la
membresía al partido debía concebirse desde principios
ideológicos y políticos menos rígidos, más flexibles,
para así facilitar la comunicación con otras
asociaciones. Como es sabido, la propuesta de Lenin ganó
la mayoría (bolshinstvó, en ruso) y desde
entonces a su corriente se le llamó bolchevique.
Pero si bien el término
bolchevismo surgió de una disputa en torno a cuestiones
organizativas y de una elección mayoritaria dentro de un
partido, en la historia política comenzó a asociarse muy
pronto al maximalismo, la intransigencia, el jacobismo,
la radicalidad, esto es, a una concepción revolucionaria
de la sociedad y el Estado.
Frente a esa acepción,
el menchevismo se resemantizó como una opción moderada,
evolutiva, centrista, gradual, templada, en suma,
reformista. Despojadas estas corrientes de la
connotación marxista que le imprimían sus actores,
bolcheviques y mencheviques han devenido dos polos,
similares a jacobinos y girondinos o revolucionarios y
reformistas.
La historia de Cuba,
como sabemos, está saturada de políticas revolucionarias.
De manera que lo mismo desde el viejo poder que desde la
nueva oposición, los proyectos con mayores posibilidades
de atraer a una ciudadanía harta de violencia y
extremismo serán aquellos que ofrezcan un compás
racional de cambio, una transición pacífica y negociada
a la democracia.
Si un régimen
totalitario como el de Fidel Castro fue construido por
bolcheviques caribeños, que se propusieron transformar
radicalmente una nación, alterar bruscamente un país,
entonces la democracia cubana deberá ser construida por
sujetos de otra estirpe. |