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MENSAJE
DE LOS SACERDOTES Y DEL ARZOBISPO PEDRO
MEURICE
PASCUA DE
RESURRECCIÓN 20 DE ABRIL, 2003
Unidos a
toda la Iglesia Católica en el mundo
entero y a todos los cristianos de las
distintas Iglesias que como nosotros
confiesan que Jesucristo, el Carpintero
de Nazareth es el Hijo eterno de Dios
Padre que se hizo hombre en el vientre
de María la Virgen, hemos ido
conmemorando desde el 13 de abril el
Domingo de Ramos, los misterios de su
Pasión y Muerte. Ahora con inmensa
alegría y paz, conmemoramos y
proclamamos que ha resucitado; que Él es
el Señor, el dueño de la Vida y la
Historia. Que Dios Padre le ha dado toda
la razón, cuando las autoridades se la
quitaron a sus discípulos y el pueblo se
confundió y atemorizó. No podemos
terminar estos días santos sin decirles
¡Aleluya! ¡Alabado sea Dios! La piedra
que desecharon los arquitectos es ahora
la piedra angular. Es el Señor quien lo
ha hecho. Esto ha sido un milagro
patente. Vale la pena seguirlo viviendo
y actuando como Él lo vivió.
Verdaderamente ha resucitado el Señor;
verdaderamente Él es el Camino, la
Verdad y la Vida y quien lo sigue no
andará en tinieblas y encontrará la Luz
de la Vida.
¿Cómo no
dar gracias a Dios en común por la fe de
cada uno de Vds., por el empeño de
seguir a Jesús viviendo según su estilo?
¿Por qué este mundo muchas veces resulta
insoportable? ¿Cómo no conocer al Señor
vivo y actuante en ese compromiso con la
verdad, la justicia y el derecho que
cada hombre tiene a pensar y a hablar
sin hipocresía? Muchos de Vds. así van
manifestándose movidos por su fe en
Jesús, el mismo Jesús que el Viernes
Santo vimos aplastado en su Pasión, por
ser Testigo de la Verdad en un mundo de
mentiras.
¿Cómo no
gritar a toda voz que Cristo vive al
contemplar la fuerza y el coraje de
muchos de Vds. defendiendo a los que son
aplastados y humillados, a los pobres
marginados y desplazados de la sociedad?
Esa fuerza
sólo la da el Espíritu de Jesús
Resucitado.
Hoy
queremos dale gracias a Dios y
agradecerles a Vds. el testimonio que
nos dan de la Resurrección de Jesús,
cuando aceptan sufrir por servir al
bienestar y a la libertad de todos,
cuando ejercen el derecho que tienen
-por ser un ser humano- a contribuir en
la construcción de un mundo de
"participación con todos y para el bien
de todos."
¿Y qué
decir de su aguante, de su caridad
silenciosa con los necesitados, aún
quitándose muchas veces de lo poco que
tienen? Y las tantas veces que nos dicen
-refiriéndose a los que les han hecho
muchos males- "Padre, ya yo los perdoné,
¿no está ahí la fuerza del Jesús
Resucitado que garantiza que vale la
pena la verdad y la ternura; que vale la
pena cultivar la rosa blanca de la
amistad y ofrecerla incluso cuando nos
hiera la mano del hermano revestida por
el odio o el rencor?
Nosotros
nos damos cuenta que Vds. han
comprendido y aceptado con gozo el
cultivar la rosa blanca en todo tiempo,
en la gentil primavera y en el hostil y
crudo invierno. Junto con nuestra
oración, nuestra cercanía y solidaridad,
nos atrevemos a exhortarlos a seguir
mirando a Cristo que muere pidiendo al
Padre Misericordia y Perdón para los que
injustamente lo han crucificado.
Hoy les
recordamos lo que el Santo Padre, el
Papa Juan Pablo II nos dijo en su visita
a Cuba: "No tengan miedo en abrirle la
puerta de sus corazones a Cristo, que
sólo Él los impulse en la vida y nada
más que Él vale la pena."
Ante
Cristo crucificado y resucitado
descubrimos que el creyente siempre
espera en la justicia superior que no
está manchada por el interés y la
soberbia de los poderosos sino
garantizada por un Dios Omnipotente que
escuchará el clamor de los humildes; que
levanta del polvo al oprimido y de la
basura al pobre; que el fracaso se
convierte en victoria y el rechazo en
acogida.
Si somos
capaces de entregarnos obedientes al
Padre; si estamos dispuestos a morir por
amor a los hermanos y no pretendemos
bajarnos de la cruz para salvarnos a
nosotros mismos; que debemos estar
dispuestos a morir, no sólo a manos de
los que dicen que son nuestros enemigos
sino a favor de ellos; para que puedan
descubrir que nuestro amor puede lavar
su odio y rescatarlos de su maldad; pues
al purificarnos de nuestra propia maldad
y desamor, podemos salvar no sólo a
nuestros amigos sino incluso a nuestros
enemigos; que para construir un mundo de
fraternidad, tenemos que estar
dispuestos a perdonar y a reemprender
siempre el difícil camino de la
reconciliación, pero nunca en el
silencio cómplice frente a la justicia,
sino en la palabra que proclame que la
violencia no tiene futuro; pues la
armoniosa convivencia entre los hombres
son los frutos de un diálogo compartido
que reconoce el derecho que todos
tenemos de existir como distintos y
diferentes sin anularnos, despreciarnos
o aplastarnos unos a otros.
No tengan
miedo abrirle las puertas al Redentor.
En tiempos difíciles hay que llenarse de
Jesús y de su Fuerza; hay que saber
doblar las rodillas y pedir misericordia
por todos pues hay muchos demonios que
no salen sino a base de mucha oración y
ayuno, como nos enseñó el Señor de la
Historia. Una vez más a Él sea la gloria
y el poder y ante su Nombre toda rodilla
se doble en el Cielo y en la Tierra y
toda lengua proclame: "Jesucristo es
Señor para gloria de Dios Padre." Que la
Paz de Cristo Resucitado los colme y que
Su Santísima Madre los aliente en su
paciente espera y su confianza contra
toda la esperanza.
¡Feliz
Pascua de Resurrección les desean el
Arzobispo, los sacerdotes, religiosas y
religiosos de la Archidiócesis de
Santiago de Cuba! Santiago de Cuba, 20
de abril de 2003 |