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Una obligación ética
Dr.
Juan Antonio Blanco Gil
Profesor de Filosofía y
(Tomado de la Revista Encuentro # 25)
-I-
Dada mi
trayectoria política, trato siempre de evitar incurrir
en las actitudes que Isaac Deutscher tipificaba como
expresiones de la (mala) conciencia del ex comunista,
aunque no me reconozca en esa o cualquier etiqueta.
Quienes lanzan por la borda los ideales de justicia
social que antes predicaron, en rencorosa venganza por
los medios inaceptables con que a menudo se pretendió
alcanzarla, no tienen mi simpatía. Pero ese no es el
caso del Proyecto Varela que, mediante la presentación
de más de las 10,000 firmas que las leyes cubanas
reclaman para considerar una propuesta legislativa, ha
solicitado la celebración de un referendo para cambiar
las leyes que obstruyen derechos ciudadanos avalados en
la Constitución vigente.
El
Proyecto se ampara en el artículo 88 de la Constitución
socialista, el cual, en su inciso G, establece que un
grupo de más de 10.000 ciudadanos, empadronados en el
último censo electoral, puede proponer a la Asamblea
Nacional del Poder Popular una iniciativa de ley. En los
últimos dos años, el Ingeniero Oswaldo Payá y sus
colaboradores del Movimiento Cristiano de Liberación,
lograron reunir más de 11.000 firmas y, a principios de
mayo, antes de la visita del ex presidente James Carter
a la Habana, presentaron el Proyecto al poder
legislativo de la Isla. Carter se referiría al Proyecto
en su discurso en el Aula Magna de la Universidad de La
Habana (que estaba siendo trasmitido en vivo a todo el
país) y de esa manera torcida millones de cubanos a los
que estos disidentes no habían podido hacer llegar aun
su mensaje se enteraron, al menos, de su existencia.
El
Proyecto Varela propone, en esencia, un referéndum
nacional en el que se consulte a la población si está o
no de acuerdo con las siguientes demandas: 1) amnistía
general para presos políticos de conciencia; 2) apertura
de la pequeña y mediana empresa privada nacional; 3) una
reforma legislativa que garantice las libertades de
expresión y asociación; 4) revisión y cambio de la ley
electoral orientándola al pluralismo político; 5)
elecciones libres en un plazo de nueve meses.
Lo que
realmente nadie pudo imaginar es que la respuesta
oficial sería auto-dinamitar la constitucionalidad del
régimen antes que enredarse en el debate legal y
político que abría el Proyecto Varela. Desde la cúspide
del poder se urgió a la dirección de las organizaciones
de masas del país que reclamasen de la Asamblea Nacional
la aprobación de una enmienda constitucional que hace
"inamovibles" -hasta la eternidad- todos sus acápites,
en particular aquellos referidos a la naturaleza y
rasgos del régimen político, económico y social
imperante en la actualidad. Los Comités de Defensa de la
Revolución movilizaron - y controlaron- casa a casa el
apoyo ciudadano a esta "iniciativa de la sociedad civil"
apoyada luego, unánimemente, por la Asamblea Nacional.
Los supuestos marxistas que controlan la cima del poder
cubano decretaron de esa manera "el fin de la historia
nacional"; algo que se da de narices con los principios
del materialismo histórico y dialéctico que pretenden
profesar. El status quo quedó así congelado por decreto
oficial.
No es "más
de lo mismo" como muchos, honradamente, pueden creer. Lo
sucedido es muy grave.
-II-
El
Proyecto Varela reviste mayor importancia que la que hoy
apenas asoma a la superficie, por lo siguiente:
1. El
citado Proyecto no está dirigido a cambiar la actual
Constitución cubana sino algunas leyes - ciertamente no
todas las que deberían transformarse- así como
reglamentos y "orientaciones" vigentes que niegan sus
preceptos. En otras palabras: si la Constitución de
1976 y sus enmiendas de 1992 contemplan la libertad de
asociación, - por poner un ejemplo-, esta libertad queda
luego legislada, reglamentada y "orientada" de forma
tal, (en la Ley 54, el reglamento de la Ley 54 y las
disposiciones administrativas, escritas y verbales, de
los organismos del Estado), que su letra y espíritu son
negadas en la práctica cotidiana. Una llamada telefónica
desde el Consejo de Estado bastó en el segundo semestre
de 1995 para "congelar indefinidamente" el registro
legal de nuevas asociaciones civiles, demostrando que la
"orientación verbal" de una jerarquía superior valía más
que cualquier precepto constitucional y la ley encargada
de regular su ejercicio. El Artículo 54 de la actual
Constitución quedó así suspendido hasta próximo aviso
por obra y gracia de un leve susurro desde la puerta del
fondo del poder. Lo mismo podría decirse de la situación
para ejercer el derecho a ejercitar la libertad de
expresión negado por las leyes sobre "propaganda
enemiga" y el Artículo 8 de la Ley 88 de 1999. La
posibilidad de poseer medios de producción privados está
contemplada ya en las enmiendas que se hicieran en 1992
a la Constitución de 1976, pero es sabido que la
práctica cotidiana va encaminada a la asfixia deliberada
del trabajador por cuenta propia y la imposibilidad de
cualquier nacional residente en la Isla (salvo contadas
excepciones) de invertir en empresas de mayor escala. La
posibilidad de amnistiar unos 250 presos políticos (o
"contrarrevolucionarios" según el discurso oficial) no
es una idea disparatada ya que cuenta con un masivo
antecedente de varios miles de personas, muchas de las
cuales sí habían ejercido la violencia contra el orden
estatal, que fueron liberadas cuando ya regía la
Constitución de 1976.
El punto
que presenta mayor complicación es el de las elecciones
que se solicitan. Sin embargo, podría suponerse que
existiendo garantía plena para el ejercicio de los
derechos de expresión, asociación y reunión se haría
posible el pluralismo. Así podrían surgir
candidatos con diferentes propuestas y programas en las
boletas electorales que ninguna Constitución o Ley
electoral -hasta el presente- obliga a que continúen
siendo de "candidatura única". La propuesta no prejuzga
la participación o no de partidos políticos en el
proceso electoral ni aboga porque se introduzca la
nefasta influencia del dinero en el proceso electivo que
ha desnaturalizado a más de un sistema político. En dos
palabras: si bien el pluripartidismo todavía
seguiría sin tener posibilidades legales en Cuba sin
haberse primero suprimido el Artículo V de la
Constitución, un verdadero pluralismo de ideas y
opciones -sin tráfico financiero de influencias
políticas- podría hacerse presente en las actuales
elecciones del Poder Popular. La propuesta y elección de
candidatos sería a partir de entonces sobre la base del
mérito de las ideas y propuestas, además de las
virtudes personales, de los aspirantes a cargos
públicos, en lugar de medir los méritos sobre la base
del historial de lealtades que hayan demostrado
los propuestos hacia la ideología oficial y sus líderes
a lo largo de su vida. Pero, si bien este es
posiblemente el punto más difícil de aceptar para el
liderazgo cubano, a lo sumo se trata de las
complejidades a dilucidar y resolver que presenta apenas
uno solo de los cinco aspectos de una propuesta que
busca, ante todo, consenso político en torno al problema
de fondo: el reconocimiento de la existencia de un
conflicto entre ciertos valores refrendados por la
Constitución y el conjunto de la legislación vigente que
obstruye el libre ejercicio de la autodeterminación y
soberanía popular.
2- Sin
embargo, es pertinente precisar que la disparidad y el
conflicto entre ciertos preceptos constitucionales y la
legislación, reglamentos y "disposiciones
administrativas" vigentes que regulan su ejercicio, no
fueron descubiertos por el Movimiento de Liberación
Cristiano de Oswaldo Payá ahora, -aunque es muy posible
que él mismo no lo sepa- sino por la propia Asamblea
Nacional de Cuba hace siete años. A inicios de 1995, una
comisión de expertos de la Asamblea dio cuenta del
hábito burocrático de desconocer o violentar los
preceptos constitucionales desde las leyes, reglamentos
y "orientaciones administrativas". Por aquellos días se
le llamó incluso la atención al entonces (y actual)
ministro de Educación Superior sobre sus llamamientos
inconstitucionales a hacer de las carreras
universitarias un privilegio exclusivo de los que
muestren una clara militancia política de apoyo al
gobierno ("las universidades son para los
revolucionarios"). Corrían los últimos meses de la breve
y precaria apertura reformista de la primera mitad de la
década de los noventa del pasado siglo.
En febrero
de 1996 fueron derribadas avionetas de la organización
de exiliados Hermanos al Rescate, cuya ruta y misión no
violenta habían sido de antemano -hoy es sabido-
informadas a La Habana por uno de sus agentes a quien se
ordenó retornar a Cuba en la víspera del incidente. La
emboscada militar a las avionetas resultó ser,
simultáneamente, una deliberada emboscada política
contra las fuerzas del reformismo sistémico y un posible
proceso de distensión con el Presidente Clinton quien,
hasta ese momento, había detenido con la amenaza de su
veto la aprobación de la Ley Helms- Burton por el
Congreso.
Del
problema señalado por la Asamblea Nacional no se volvió
a hablar como tampoco volvió a reunirse la Comisión
Ad-Hoc sobre Derechos Humanos de la propia Asamblea
-otra digna iniciativa de aquellos tiempos- que
pretendía identificar y abordar la solución de los
problemas reales de violaciones de derechos ciudadanos
(o sea, aquellos que, ya se reconocía, no eran ficciones
de la propaganda del adversario). A esta última se le
permitió constituirse para reunirse apenas una sola vez,
sus actas fueron engavetadas y pasó al olvido su fugaz
existencia. "Hay otros temas de mayor prioridad" fue la
lacónica explicación dada a quienes impulsamos esta
idea.
Los
reformistas sistémicos creíamos que "otro socialismo
mejor era posible". Pero ni tan siquiera la libre
discusión en torno a diferentes modelos socialistas de
desarrollo demostró ser viable, aunque formalmente
estuviese amparada por derechos constitucionales. Lo
único aceptable para las máximas autoridades de la Isla
era y es el apoyo incondicional a sus criterios y
decisiones. A su juicio, ellas y sólo ellas deben
decidir cuáles asuntos pueden debatirse, dónde
puede tener lugar tal discusión, quienes pueden
participar en ella y cuándo pueden tolerar
hacerlo. Esa fórmula les permite ejercer un férreo
control interno sobre los discursos e iniciativas
aperturistas - desde 1996 cercados dentro de limitados
circuitos culturales- cuya siempre precaria existencia
es entonces explotada, contando o no con la voluntad de
sus promotores, para la "exportación" de imágenes
positivas dirigidas a influir políticamente en el
exterior. De ese modo, con independencia de la
honestidad y buenos deseos de ciertos intelectuales y de
algunas relevantes autoridades culturales, sus positivos
-incluso valientes- esfuerzos terminan manipulados e
integrados a la lógica y predominio de otras
instituciones, en lo que Marcuse habría llamado
estrategia de tolerancia represiva del sistema.
Ante el
repliegue de buena parte de las fuerzas reformistas
sistémicas en años recientes, no debiera ser
sorprendente que aquellos que han promovido sus propias
propuestas desde la ilegalidad pasaran a primer plano.
El Proyecto Varela retoma algunas de las críticas y
sugerencias que otros, desde la legalidad, pretendimos
infructuosamente hacer antes del modo más comprometido y
constructivo posible. Si bien es cierto que las fuerzas
promotoras del Proyecto Varela son antisistémicas, no lo
es menos que aquí han enarbolado propuestas provenientes
del reformismo sistémico de la pasada década de los
noventa. Con ello ponían a prueba la voluntad del
liderazgo cubano para respetar su propia Constitución y
obligarlo, por vía legal, a abrir un debate político
nacional sobre la necesidad de cambios.
3- Los
seguidores del Proyecto Varela, sin embargo, no
pretenden con su iniciativa -como hizo Fidel Castro al
presentar pleito legal a Batista después de su golpe de
Estado- promover la vía de la violencia revolucionaria
como respuesta a la innegable sed de cambios que hoy
padece la nación. Sólo aspiran a dejar clara su voluntad
política de dialogar públicamente la necesidad de
cambios en el marco mínimo de derechos que otorga la
Constitución vigente y así facilitar la libre expresión
del civismo ciudadano en torno a ese asunto. A lo que
aspiran es a -sin llamar a ejercer la violencia contra
el status quo- hacer visible la inconformidad popular
con el estado de cosas imperante para obligar a las
autoridades a tomarla realmente en cuenta. Los que
desalientan su gestión argumentando su inviabilidad
frente a la insensibilidad del poder, no parecen
proponer ninguna senda alternativa que no sea la de la
resignada aceptación del actual inmovilismo. Tampoco
tienen en cuenta el valor acumulativo de la lucha cívica
y pacífica. A fin de cuentas los promotores del Proyecto
Varela no tienen mejores ni peores posibilidades que las
que estaban a disposición de Martín Luther King Jr.
cuando dio inicio al movimiento de derechos civiles. Al
margen de distancias y especificidades, en uno y otro
caso, los insumisos consideraban que las leyes vigentes
(segregacionistas allá o totalitarias acá) negaban
derechos constitucionales básicos que era necesario
defender. Si el 5 de agosto de 1994 unas tres mil
personas se lanzaron al malecón habanero en una masa
contestataria - pero sin identidad- que se disolvió en
breve, las 11,020 personas que ahora decidieron dar su
nombre y apellidos, dirección y número de identidad
junto a su firma daban un paso consciente e irreversible
hacia su autonomía moral. Requirieron para ello un
coraje similar a aquel del que hizo acopio Rosa Parks
cuando decidió no ceder su asiento en el autobús a un
blanco por el simple color de su piel. Estas personas se
saben marcadas definitivamente aún si, llegado el caso,
ahora decidiesen ceder, retractándose de lo hecho bajo
la presión estatal. Pero la escuela de civismo y coraje
que para miles de personas ha representado el Proyecto
no puede ya ser revertida con esas tácticas.
4- El
significado último del Proyecto Varela yace por ello en
otra parte; más allá de sus posibilidades frente a un
poder intolerante. Al poner sobre la mesa, al margen de
la solicitud de un referéndum, una propuesta tan
sucinta, clara y de amplio consenso, los promotores del
Proyecto Varela han tendido puentes entre los residentes
en la Isla y los miembros de la diáspora, así como entre
personas de diferentes percepciones y afiliaciones
ideológicas. El tema de si se llegaba a autorizar un
referéndum o no, o si el gobierno cubano podía aplastar,
rechazar o cooptar tal reclamo devino secundario ante el
hecho de que los cinco puntos que se pretenden promover
son tan claros y populares que 11,020 cubanos decidieron
arriesgarse y suscribirlos. Se ha tocado la fibra de un
posible consenso nacional. Si tenemos en cuenta que los
partidarios de cambios en regímenes de esta naturaleza
tienden a ocultar masivamente su pensamiento (los
"partidos del Taxi" les decían en la España franquista
porque todos los afiliados formalmente a partidos de
oposición podían reunirse dentro de un auto) entonces
estamos ante algo nuevo. Los 11,020 ciudadanos ya no
pueden ser clasificados como "grupúsculos", por lo que
han sido rebautizados como "ínfima representación del
electorado" por las autoridades. Las 11,020 personas que
han apostado a un movimiento cívico con el Proyecto
Varela representan hoy la punta del iceberg del
descontento popular respecto al status quo vigente. Las
recientes manifestaciones callejeras convocadas por el
gobierno carecen de la credibilidad de esas 11,020
firmas ciudadanas: mientras que los que suscriben el
Proyecto Varela corren riesgos por su acción los que se
sumaron a las demostraciones callejeras corrían riesgos
de no hacerlo. Decenas de "mesas redondas" (previamente
"cuadradas") y de "tribunas abiertas" (con listas
cerradas de oradores) no alteran ese dato. Las supuestas
"batallas de ideas" no son posibles en regímenes de
pensamiento único.
Pese a los
millones de ciudadanos obligados a exhibir su "lealtad"
en una cotidianidad totalmente estatizada, no dudo que
cientos de miles de personas creyesen sinceramente que
eran las palabras de Bush a las que se pretendía dar
respuesta sin meditar suficientemente en las
consecuencias de tener que -supuestamente para
ello- apoyar la inamovilidad jurídica del sistema. No
dudo tampoco que algunos todavía se hayan impresionado
con la recogida multitudinaria de firmas y los desfiles
masivos. Ojalá pudiesen todos repasar el informe rendido
al Buró Político por Jorge Risquet respecto al último
congreso en el poder del Partido Comunista de Rumanía.
En ese documento Risquet se extendía en detalles sobre
la supuesta solidez del socialismo bajo el régimen de
Nicolae Ceausesku. Basaba su criterio en la eficiencia
de los aparatos de seguridad del Estado que tenían
profundamente penetrados a todos los grupos de oposición
y el fervor que creía ver en los rumanos por su líder y
el sistema socialista allí construido. "Todo bajo
control" afirmaba entusiasta. Bastaron unas pocas
semanas para que el viejo topo de la Historia desmontara
esa complaciente lectura de la realidad. Fue
precisamente en una de esas tradicionales
manifestaciones pro gubernamentales desde donde surgió
la rebelión que llevó a los Ceausesku al patíbulo y al
texto de Risquet a las más recónditas bóvedas del Comité
Central cubano.
5- Lo que
pretenden y vienen logrando los promotores del Proyecto
es demostrar ante el pueblo cubano y la opinión pública
internacional -incluyendo la de izquierdas- que el
régimen de socialismo de Estado no ha sido ni es
democratizable en primerísimo lugar debido a la falta de
voluntad política de unas -muy pocas- personas para
quienes sus propias leyes tienen escaso valor y ejercer
el poder absoluto es una filosofía de gobierno. Lo que
han demostrado ya es que, aún en las adversas
circunstancias actuales, es posible perder el miedo a
las consecuencias de sostener públicamente opiniones
distantes o en conflicto con las oficiales. La gran
contribución que han hecho en estos meses es la de
demostrar que las expresiones de autonomía moral,
como señaló Hannah Arendt, si bien poco frecuentes,
siguen siendo posibles dentro de estados de corte
totalitario. Once mil veinte ciudadanos se comportaron
de manera valiente y cívica al dar su firma a los
promotores del Proyecto. Rompieron el doble discurso
cotidiano, "salieron del closet" y dijeron lo que
pensaban. Nada borra ya lo sucedido y sus futuras
implicaciones para la subjetividad de la nación.
6- Frente
al Proyecto Varela también se esgrimen otros argumentos.
La vieja historia de que toda disensión tiene detrás a
la CIA es una mala adaptación de la acusación
anticomunista, típica de la Guerra Fría, cuando detrás
de cada activista de la justicia social se pretendía ver
"el oro de Moscú". Evidentemente la CIA no pagó a los
11,020 suscriptores del Proyecto y cualquier residente
en Cuba sabe el posible precio de apoyar semejante
iniciativa: perder el empleo, la oportunidad de estudiar
en la universidad, saberse cerrados los canales de
promoción vertical, verse obstaculizado en el mercado
laboral aún bajo extenso monopolio estatal, estar
marcado por las autoridades como perenne sospechoso,
incluso, ir a parar a un centro de detención e
interrogatorios o a la cárcel. Haber logrado que 11,020
ciudadanos perdiesen el miedo en un país donde los
verbos más conjugados son los de "resolver" y "escapar"
y la filosofía de la supervivencia cotidiana es la de no
buscarse problemas ni "marcarse" innecesariamente, es un
desafío a las estructuras de poder que no quedará sin
respuesta. Sin asegurarse la permanencia del miedo
colectivo no es posible obtener la pasividad y el
conformismo que proveen buena parte de la estabilidad
interna al actual régimen político cubano.
Tampoco es
admisible el recurrido argumento de que identificarse
con la iniciativa del Proyecto Varela equivale a
"hacerle el juego al imperialismo". Si bien es cierto
que importantes políticos de EEUU y otros gobiernos lo
han apoyado, es porque el Proyecto abre la
posibilidad de debatir cambios en Cuba; no porque el
Proyecto contenga per se una estrategia en favor del
restablecimiento de la hegemonía estadounidense en la
Isla. El Proyecto Varela pretende simplemente abrir un
debate sobre la necesidad de cambios. Hacia dónde irían
luego esos cambios de lograrse abrir ahora el debate es
asunto que dependerá, ante todo, de las distintas
corrientes de pensamiento que integran hoy al pueblo
cubano radicado en Isla. Suponer que favorecerían a las
tendencias más reaccionarias es una afrenta a la
inteligencia y sensibilidad de la población. Si ese
fuese lamentablemente el caso, habría que reconocerlo y
partir de esa realidad cuya raíz estaría en la
progresiva erosión del ideal socialista provocada por
ciertas políticas concretas ejercidas en su nombre
durante más de cuatro décadas. En ese sentido lo que sí
le hace el juego a la reacción es la pretensión de
identificar el ideal socialista con el fraude del
socialismo de Estado que ahora se declara irrevocable
hasta el fin de los tiempos.
Los que
simpatizan con las ideas socialistas deberían siempre
saber distinguir las luces de las sombras en el proceso
cubano y reconocer las flagrantes contradicciones que
éste presenta respecto a la ideología con la que intenta
legitimarse. Sobre todo ahora que de la lógica de Karl
Marx se ha pasado a la de Francis Fukuyama sin pestañear
siquiera.
7- Con
independencia de las diferencias ideológicas que puedan
separarnos de los iniciadores del Proyecto Varela, de
las divergencias que tengamos con una u otra persona o
institución que decida apoyarla desde Cuba u otro país,
o de los contenidos (técnicos o sustantivos) de esa
iniciativa, lo cierto es que han venido realizando una
contribución valiente, novedosa e invaluable a la
democratización de nuestra sociedad y a la
reconciliación pacífica de sus ciudadanos que merece el
respeto y reconocimiento de toda persona progresista.
Los cambios que promueve el Proyecto no predeterminan la
naturaleza de derechas o izquierdas del futuro gobierno,
el carácter democrático participativo o meramente
representativo del futuro régimen político, la
organización neoliberal o social democrática de la
futura economía. Lo que sí demanda el Proyecto es que se
creen en el presente las condiciones legales mínimas
para que la soberanía popular -que es la verdadera
esencia de la soberanía nacional- pueda, apenas,
comenzar a expresarse más libremente. Es por ello
que puede recibir el apoyo de las más variadas fuerzas
del espectro político ideológico, - comprometidas con
diferentes y contradictorios proyectos de transición y
cambio para la sociedad cubana-, que van desde el ala
neoliberal hasta las diferentes corrientes del
socialismo democrático.
8-
Adicionalmente, el Proyecto Varela tiene el valor
agregado de hacer esta demanda a través de los
resquicios de una legalidad controlada esencialmente
hasta ahora por un muy reducido grupo de personas que,
después de más de cuatro décadas en el ejercicio del
poder, han llegado a creerse ser ellas mismas el Estado
y la nación. Ahora promotores y suscriptores enfrentarán
lo peor por su valor y civismo. Si tan solo fuese por
eso, merecen todo el apoyo de quien crea que "otro mundo
mejor es posible" también para Cuba. Como
mínimo, se han hecho acreedores, frente a las nuevas
amenazas que penden sobre ellos, de nuestra exigencia a
favor de que se les respete su libertad y dignidad. Ante
todo, los que desde cualquier rincón del mundo -cubanos
o no- creemos en una nueva ética política con la que
enfrentar los problemas de este nuevo milenio, tenemos
el deber moral de hacerles saber que, sean cuales sean
las diferencias, no están solos en esta hora crítica.
-III-
Durante su
visita a Cuba el Presidente Jimmy Carter, siempre en
respetuosa actitud según las propias autoridades de la
Isla, sugirió que el Gobierno diese debida consideración
al Proyecto Varela y publicase su texto para que todos
los ciudadanos se formaran su propia opinión sobre sus
méritos y defectos. El Presidente cubano guardó silencio
varias semanas hasta que encontró, en un discurso
pronunciado por el Presidente George W. Bush el pretexto
buscado para rechazar - indirectamente, sin mencionarlos
siquiera- al Proyecto Varela y las sugerencias de
Carter.
El
insólito rumbo finalmente decidido frente al Proyecto
Varela - dinamitar todo vestigio de credibilidad en la
Constitución vigente y decretar "el fin de la historia"
en la Isla- no es "irracional", como pueden suponer
algunos que confunden su solidaridad con la ya
centenaria lucha por la libertad, soberanía y justicia
social del pueblo cubano, con la simpatía por su
gobierno. Simplemente responde a otra racionalidad: la
del poder absoluto. Desde esa racionalidad su reacción
es lógica. En nombre de una supuesta respuesta al
Presidente Bush, Fidel Castro amarró, finalmente, a su
Nomenklatura a la proa del Titanic del socialismo de
Estado cubano. De ese modo los hizo rehenes del status
quo antes de realizarse el VI Congreso del PCC. Esta vez
la Constitución de 1976 no fue simplemente modificada,
sino momificada en una operación contraria a toda
doctrina jurídica. ¿Fue sincero el apoyo de todos esos
diputados y funcionarios a esta iniciativa? Clarificar
que los caminos legales del cambio se clausuran para
siempre no parece ser una fórmula que pueda realmente
reflejar la conciencia íntima de todos los que, desde la
Asamblea Nacional hasta el último rincón del país, se
sintieron inescapablemente presionados a comprometerse
con ella.
Lo irónico
del caso es que después de todo esto no han logrado
darle respuesta al Proyecto Varela que no reclamaba una
enmienda de la Constitución, sino de ciertas leyes
vigentes que impiden ejercer derechos constitucionales.
Todavía están obligados - por la propia
Constitución que acaban de hacer inamovible- a darle
curso a esa propuesta ciudadana. Mientras que la
Constitución socialista de 1976 ha sido desacreditada
por una enmienda contraria a toda doctrina legal, el
Proyecto Varela, con todas sus insuficiencias técnicas,
ha sentado un hito en la lucha cívica y pacífica por la
democratización de la sociedad cubana y el libre
ejercicio de la soberanía popular. No obstante, dada la
nueva "inamovilidad" del régimen constitucional, el
Proyecto Varela tendrá también que considerar la
posibilidad de ir más allá de sus planteamientos
originales para propiciar en lo adelante el diálogo en
torno a una nueva Constituyente que dé fundamento a la
IV República y contribuya de ese modo a su advenimiento.
La amenaza
del Presidente cubano de echar por tierra los escasos,
pero cruciales, acuerdos con EEUU, reflejaba demasiada
ira y constituía una desproporcionada respuesta a un
discurso de Bush en que nada era realmente nuevo y los
adjetivos peyorativos estaban claramente dirigidos a
granjearse el voto cubano- americano para la reelección
de su hermano Jeb como gobernador de Florida. Cualquiera
que sea la opinión que pudiera tenerse sobre el hecho,
la patética pretensión de ver en la distribución
gratuita, por los diplomáticos de EEUU en Cuba, de
radios con onda corta -como aquellos que podrían
adquirirse en cualquier Radio Shack- una agresión tan
intolerable a la soberanía nacional que pudiera
llegar a provocar el cierre unilateral de toda relación
con Washington mueve a risa. No pude sino recordar una
anécdota -publicada en Cuba, por cierto- de cuando el
entonces Ministro de Industrias, Ernesto Ché Guevara,
visitó una fábrica de ensamblaje de radios y su
administrador le informó orgulloso que se había
discapacitado su recepción en onda corta para impedir
que se oyese la Radio Swan, predecesora de la actual
Radio Martí. La respuesta del guerrillero argentino fue
tajante cuando le espetó indignado al administrador que
el día en que la existencia de la Revolución dependiese
de que el pueblo no pudiese escuchar las estaciones de
radio de sus adversarios sería mejor que los dirigentes
empacasen las maletas y se marcharan del país.
-IV-
La
transición cubana parece adentrarse, por el egoísmo de
unos pocos, en un camino de incertidumbre creciente. Los
que sólo prestan atención a la calma aparente de la
superficie social, deben tener presente que en el
subsuelo de la sociedad cubana se vienen acumulando
múltiples tensiones que pueden dar lugar a inesperados
movimientos telúricos. Nadie esperaba la explosión
social del 5 de agosto de 1994 en pleno centro de la
capital cuando, sin embargo, no hubiese sido demasiado
difícil pronosticarla de haber existido la necesaria
libertad para debatir la realidad nacional.
El
deterioro de la economía y su impacto sobre la
cotidianidad, el agotamiento de la ciudadanía bajo un
régimen que le exige la movilización permanente, no
parece que podrán encontrar ya su alivio con nuevos
anclajes en esquemas de cooperación y pactos de
integración que más de una vez estuvieron al alcance de
la mano. Una economía que declina, un deterioro social
visible, una burocracia que parece ser eficiente sólo
para encontrar un problema a cada solución, cerrados los
caminos del cambio pacífico y gradual a través de la
legislación vigente, con una potencialmente explosiva
relación bilateral con la nueva Administración en EEUU y
un clima internacional enrarecido y cada vez más
arbitrario como resultado de las acciones del once de
septiembre del pasado año, hay razones suficientes para
que se generen preocupaciones sobre lo que se avecina.
La
declaración de inamovibilidad de la Constitución y del
régimen de socialismo de Estado no es una señal de
fuerza, sino de debilidad del sistema. El programa de la
contrarreforma adoptado en 1996 por el V Pleno del CC ha
demostrado ser un fracaso y entrado en una fase crítica.
Ante la dirigencia cubana se viene replanteando el
dilema de inicios de los años noventa: ¿reprimir o
reformar? Pero Fidel Castro se les anticipó antes de que
optaran por lo segundo en el VI Congreso del PCC. El
proceso de reatrincheramiento en las instituciones y el
régimen de socialismo de Estado iniciado en 1996 ha
llegado al cenit. Lo ocurrido ahora es muy grave. Pero
el viejo topo de la Historia también actúa en esta Isla
y puede emerger por el lugar más inesperado.
La
comunidad internacional debería tomar nota de que lo que
acaba de suceder en Cuba no es "más de lo mismo" y
explorar posibles acciones diplomáticas que ayuden al
pueblo cubano a salir -pacíficamente- del laberinto que
le han impuesto sin informarle de sus opciones. Por otra
parte, los que desde cualquier latitud geográfica o
ideológica simpatizan con la idea de la defensa de la
soberanía nacional -que presupone el acatamiento de la
libre expresión de la voluntad popular por
el gobierno que pretende asumir su representación -
deberían movilizarse, antes de que sea demasiado tarde,
para impedir que en Cuba sean aplastadas aquellas
iniciativas orientadas a hacerla prevalecer de manera
constructiva y pacífica.
También
los que alguna vez nos limitamos a promover una
democratización parcial del sistema político, deberíamos
tomar definitiva nota de lo sucedido. La lección aquí es
que habrá plena democracia para todos o nunca llegará a
haberla para nadie. Defender la soberanía nacional
cubana es hoy - ante todo- defender el derecho de
todo el pueblo a opinar, optar y decidir su
futuro en un marco de plenas libertades y derechos
políticos y civiles. Y esa soberanía nacional es
necesario defenderla no solamente frente al ingerencismo
de cualquier potencia extranjera frente al Estado cubano,
sino también frente al régimen político que internamente
pretende hoy usurpar la soberanía popular eternizándose
en su pretendida representación.
Para Rosa
Luxemburgo la democracia en el socialismo tenía que
incluir el derecho a ejercer la oposición. Podríamos
agregar que en el siglo XXI la democracia reclama no
sólo la existencia de un Estado de Derecho, la libre
expresión del pluralismo ideológico y elecciones para la
alternancia administrativa del poder público, sino de
una participación y socialización del poder mucho más
amplia que la conocida hasta ahora en cualquier parte.
Exige la unión - indivisible e interdependiente- del
pleno ejercicio de los derechos políticos y civiles con
los económicos, sociales y culturales. Es por ello que
oponerse a la eternización del socialismo de Estado y
favorecer la completa democratización de la sociedad
cubana es una posición progresista y una necesidad
impostergable. Aún más: es una obligación ética.
Dr.
Juan Antonio Blanco Gil
Profesor de Filosofía y
Doctor en Historia de las Relaciones Internacionales.
Actualmente es Director de Cooperación Internacional
de Human Rights Internet en Ottawa, Canadá.
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