EL CAMBIO PSICOSOCIAL
Educación Cívica. Revista "Vitral". No. 77. Enero - Febrero
de 2007
por
Dagoberto Valdés
Hernández
La vida, por sí misma, es cambio y continuidad. Todo pasa y al
mismo tiempo se sedimenta en la memoria histórica aquello que la
gente convierte en cultura, en forma de vida, en costumbres y
formas cultivadas de pensar, creer, crear.
Pero hay períodos en la historia de los pueblos que parece que
todo permanece estático, que nada cambiará nunca, que esto o
aquello es para siempre. Se trata de tiempos en que el
inmovilismo es tal que crece y se reproduce la resistencia al
cambio. Y comienzan a afincarse las actitudes acomodadas y
temerosas que reflejan los refranes populares con cristalina
dureza y franqueza: "más vale malo conocido, que bueno por
conocer"; "más vale pájaro en mano, que ciento volando"; y las
frases paralizantes y
tradicionalistas: "Es que siempre ha sido así"; "es que nunca se
ha hecho así".
Esta resistencia al cambio se refuerza y multiplica
exponencialmente cuando se idealiza un sistema, una filosofía o
un estilo de organizar, cuando se vive en un mesianismo que nos
hace creer que todo depende de una persona, de un modelo o de
una institución, sea política o religiosa.
Desde el punto de vista cívico esta cultura caudillista o
mesiánica, que deposita en una persona o en una organización
todo el protagonismo de la sociedad, conduce a los ciudadanos a
lo que llamamos la actitud o «cultura del pichón». En efecto,
cada persona se acomoda al nido, no aprende a volar sola, no
emprende el viaje hacia su propia soberanía, espera cómodamente
postrado en el nido, con la boca abierta y la cabeza vacía, que
le venga todo dado, que todo le sea gestionado, que todo le sea
explicado, masticado, digerido. Es la cultura de la dependencia
infantil, del paternalismo providente, que puede dar poco, pero
da seguro. Da lo que siempre anhelan las personas y los pueblos:
certeza y seguridad.
La sociedad entonces pende de un hilo de acero, pero en fin de
cuentas un hilo. Pende de una seguridad que pudiera parecer
eterna, pero nada lo es.
Los ciudadanos se acomodan y se adaptan a esperar, a recibir, a
conformarse, a cambio de una seguridad en los mínimos de la
vida.
Entonces, mientras dure la seguridad en los mínimos, nada se
prepara para el futuro, mientras el pan de hoy nos sea dado, se
evitará pensar en la posibilidad del hambre de mañana. Y esto es
muy peligroso para los ciudadanos y para las naciones que deseen
salvaguardar su soberanía.
Todos sabemos que nada es eterno, todos sabemos que no hay
seguridades mesiánicas, todos sabemos que todo pasa, que todo
cambia. Las preguntas y la reflexión son:
¿Qué pasará cuando el hilo de las seguridades y las certezas se
rompa?
¿Qué pasará, no en las calles, ni en las plazas, sino qué pasará
en las cabezas, en la psicología de las personas?
¿Qué pasará en la mente y en las actitudes de los ciudadanos que
han vivido toda su vida o parte de ella en la cultura del
pichón, en la seguridad de un nido, en la certeza de una
palabra, en la cómoda aceptación de las orientaciones para todo
y para siempre, según le enseñaron?
¿Qué pasará en el interior, inmedible e inescrutable, de las
personas cuando desaparezca la causa de esa seguridad y de esa
confianza, alimentada y magnificada durante años?
¿Se desatará el miedo a lo imprevisto o se desatará la
creatividad soterrada por décadas?
¿Se liberarán las ansias de regresar a la seguridad del nido que
no existe ya o se levantará el vuelo propio de los críos que han
crecido?
¿Qué pasará en la subjetividad de las personas que no saben qué
hacer con su libertad?
¿Qué pasará en la conciencia de aquellos que se han acostumbrado
a vivir sin iniciativa cumpliendo al pie de la letra «lo que le
bajan» cuando tenga que llenar con su autogestión aquello que le
venía dado?
Quiero aclarar que esta reflexión no quiere referirse a lo que
pasará fuera, en las calles, en los trabajos, en los cálculos
económicos, en las previsiones políticas, en las relaciones con
los demás países. sobre eso se habla bastante y se reflexiona
más o menos seriamente ya.
Desearía invitar a los lectores a detenernos en esta otra
faceta, olvidada quizá, o preterida en una sociedad
materialista, o minusvalorada cuando de transformaciones
sociales se trata o se vislumbra.
Tengo la convicción de que este cambio psicológico será de una
magnitud y consecuencias insospechadas, para bien y para mal. La
mayoría de los analistas se sitúan, claro está, en la esfera del
comportamiento, de la mayor objetividad posible, de lo que puede
ser previsto con las herramientas de la sociología, de la
política, de la economía. Pero esa no es más que una visión
antropológica reduccionista, que desconoce o no se atreve a
abordar esa otra dimensión de la naturaleza humana que es su
subjetividad, su psicología, su vida interior, lo que pudiéramos
llamar, el alma de la gente y de los pueblos. Los que aspiramos
a tener una visión más integral y holística del hombre y de la
mujer, sabemos que allí, en el hondón de su subjetividad, surge
todo, que allí se crea todo, que allí se urde todo, que allí se
aprende todo, que allí se derrumba todo, que allí se construye
la existencia humana. Nosotros sabemos que una subjetividad sin
cultivar puede ser un volcán de violencia o una fuente de
creatividad y pacificación. Una reacción psicológica puede
provocar un caos de incertidumbres o una actitud audaz y
emprendedora. Sabemos que una psicología dependiente e inmadura
no puede inspirar a ciudadanos libres y responsables. Nosotros,
los que compartimos una visión antropológica trascendente
sabemos que entre la subjetividad personal y la subjetividad
social se teje el destino de una nación.
Y nosotros, los cubanos, tenemos la experiencia histórica, en
varias etapas de nuestra existencia como nación, de ese cambio
psicosocial, para bien y para mal. Pero me atrevo a decir que la
mayoría de las veces en nuestra historia, el cambio psicosocial
ha sido para alentar esa capacidad de recuperación, ese empezar
siempre de nuevo, ese recomenzar sin desmayar que caracteriza al
pueblo cubano -y esto puede ser muy discutido, pero no nos
debería alejar de la presente reflexión.
Al preparar el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC) en la
primera mitad de los ochenta la Iglesia hizo una encuesta entre
un gran número de sus fieles, y una de las características
reconocidas como identidad del pueblo cubano y lecciones de la
historia patria fue, precisamente, esa capacidad de recuperación
luego de tiempos de crisis.
Un ejemplo de este poder de recuperación de los cubanos pudiera
ser el cambio psicosocial y la marea de emprendedores que inundó
nuestras calles en la década de los noventa cuando se permitió
una pasajera y coyuntural apertura económica con las licencias
para "trabajos-por-cuenta-propia", demostración fehaciente de
que, incluso después de este largo período de dependencia
económica de los ciudadanos con relación al Estado en una
economía centralizada, fue posible un cambio ágil, eficaz,
creativo y eficiente de los cubanos y cubanas que nos «salvaron»
de la debacle de la era soviética, junto con los inversionistas
europeos, paliando nuestra existencia cotidiana con alimentación
y servicios de primera necesidad.
Ese es nuestro pueblo, esa es la Cuba profunda, la que no ha
dejado morir su subjetividad emprendedora, la que no ha olvidado
volar, aún cuando permanezca durante mucho tiempo atada al nido.
Ese es el carácter de la mayoría de los cubanos; con frecuencia
he comentado esta convicción personal. Al preguntarme cuánto
tiempo necesitaremos los cubanos para la reconstrucción
económica o ética, he respondido con una broma, que tiene poco
de teoría y mucho de experiencia vivida por millones de
compatriotas:
"los cubanos y cubanas, aquí o en otras tierras, solo necesitan
45 minutos para reemprender el vuelo, para remontar la
dependencia, para salir de la postración cívica". Esa es nuestra
mayor riqueza y nuestro mayor potencial para el futuro próximo.
En esa Cuba creemos porque nos lo ha demostrado con hechos y
actitudes sostenidas en cualquier circunstancia y lugar de este
variopinto planeta. De Sydney a Venezuela, de Estocolmo a
Sudáfrica, de Miami a Japón.
Entonces, deberíamos poner mucha atención a este lado
trascendental de la persona humana y reflexionar en esta
cuestión que considero fundamental:
¿Qué impacto social tendrá el cambio psicológico que se está
produciendo en la mente y en el corazón de los cubanos y
cubanas, llegado el momento?
Nadie puede calcular, gracias a Dios, la reserva subjetiva de
nuestro pueblo, y nadie puede dar una respuesta cierta y segura
a esta pregunta.
Pero, ¿no habíamos dicho que el tiempo de las seguridades y las
certezas solo había traído cultura del pichón y dependencia del
nido? ¿Por qué queremos entonces seguir en esa trampa de todas
las respuestas y de todas las seguridades?
Emprender el vuelo de la libertad ciudadana, como todo vuelo,
tiene riesgos e itinerarios, pero no piso firme ni puerto
seguro. Ese vuelo hacia la soberanía ciudadana requiere
responsabilidad, madurez y audacia para remontar y volver a
empezar.
Por eso, en lugar de seguir buscando respuestas seguras y
certezas mesiánicas, rezagos de la cultura que termina, estemos
atentos a los signos del cambio psicosocial y acompañemos ese
nuevo despertar con el servicio de un desayuno temprano que sea
estímulo para el entrenamiento y el coraje, alimento de
educación para la libertad y cultura de la responsabilidad,
sustento para el empoderamiento cívico y la reconstrucción del
entramado de la sociedad civil.
Y cuando alguien nos recuerde aquel refrán de la sabiduría
campesina:
"No por mucho madrugar, amanece más temprano."
No olvidemos este otro:
"Al que madruga, Dios lo ayuda."
Un día nuestros guajiros harán la nueva síntesis, que quizá
pudiera decir
así:
"Nadie puede adelantar el amanecer, pero si madrugas, Dios te
ayuda a preparar el día."
¡De pieeee¡
Dagoberto Valdés
Hernández
(Pinar del Río, 1955)
Ing. Agrónomo. Director del Centro de Formación Cívica y
Religiosa. Trabaja en la Empresa de Acopio y Beneficio del
Tabaco en Pinar del Río como Especialista de Control de la
Calidad.