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Reformas
constitucionales y contrarreforma
política, una mirada a los bandazos
del Estado cubano en los últimos 10
años
ALBERTO F. ÁLVAREZ GARCÍA, Ottawa |
En los últimos
diez años, el Gobierno cubano debió efectuar
de manera precipitada dos reformas a la
Constitución de la República de 1976, las
cuales en la coyuntura actual es importante
analizar dado su rol en los reajustes del
poder y por su influencia en los escenarios
políticos previsibles.
Hay enormes
diferencias al comparar la Reforma
Constitucional de julio de 1992 y la del 26
de junio de 2002. La primera fue concebida
por el liderazgo gubernamental como la única
alternativa de escapar al derrumbe del
socialismo de Estado, ocurrido previamente
en Europa oriental y la URSS. Resultó ser
una reforma de fondo que cambió 77 de los
141 artículos y añadió tres nuevos capítulos
a la Constitución de 1976. Aunque mantuvo el
Artículo 5, sobre el partido comunista como
vanguardia de la nación, base del régimen
unipartidista estilo dictadura del
proletariado, la reforma dio mayor
flexibilidad a la Ley Fundamental y un
carácter menos dogmático, ajustándola a los
requerimientos de la apertura económica, a
las nuevas condiciones de la gobernabilidad
interna y a la situación internacional en el
mundo pos socialismo real.
La Reforma
Constitucional de 1992 en sus artículos 1 y
3 amplió la base social del Estado a un
Estado socialista de trabajadores, diferente
al obrero, como aparecía en el viejo texto
constitucional; el partido tampoco se
mantuvo como el destacamento guía de una
clase, sino como vanguardia del pueblo; la
unidad del poder y el centralismo
democrático fueron suprimidos del artículo
66 —antes el 68—, permitiendo hacer una
mejor distinción entre las funciones del
gobierno y la administración estatal. En la
actividad de la Asamblea Nacional
(Parlamento), la reforma acordó la elección
directa de sus diputados nacionales y
provinciales, obligados a un contacto
directo con sus electores (Artículo 84); se
dio trato más adecuado a la religión
situando un carácter no confesional al
Estado y legislando la no discriminación
religiosa y su laicización (capítulo 1 y
Artículo 8). Además, quedaron suprimidas
muchas de las referencias ideológicas del
Estado que estaban previstas en los
artículos 38 y 54.
La Reforma
Constitucional también avanzó en la
reformulación de la propiedad y en la
definición de la propiedad socialista e
incluyó las modificaciones a la
planificación central del Estado, a la
propiedad cooperativa y mixta, la autonomía
de las empresas, su personalidad jurídica
independiente y a la renuncia por parte del
Estado al monopolio absoluto en el comercio
exterior (artículos 14, 15, 16, 17, 18, 19,
20, 21 y 23). En buena medida y pese a lo
limitada que pareció a algunos observadores
—principalmente en el exterior y el exilio—,
la reforma recogió en medio de la crisis la
aspiración a los cambios económicos y
políticos de gran parte de la ciudadanía, y
también del sector aperturista del partido y
del mundo académico.
Para muchos
actores internacionales, y para gran parte
de la población cubana, la Reforma
constitucional de 1992, junto con el
conjunto de medidas que venían tomándose en
la economía, era el reflejo de la
reevaluación de la situación interna e
internacional por parte del liderazgo y del
interés de éste por iniciar una verdadera
reforma estructural y de la economía en base
al mercado, la descentralización de la
producción y de las estructuras de gobierno,
el desarrollo de la democracia participativa
que tuviera en cuenta el carácter plural de
la sociedad, y para facilitar la inserción
de la Isla en la economía mundial.
La reforma
bien pudo servir de primer paso para avanzar
gradualmente en los cambios y generar una
transformación global del modelo del
socialismo de Estado de corte soviético,
obsoleto y en crisis. Fue la esperanza de
millones de cubanos y de amplios sectores de
la comunidad internacional, incluyendo a la
izquierda y otras fuerzas progresistas y
democráticas.
Sin embargo,
de forma sorpresiva, a inicios de 1996, con
las directivas impuestas por el V Pleno del
Buró Político del PCC, apoyado en una
lectura triunfalista de los resultados del
Período Especial, comenzó el proceso de
contrarreforma política del sector duro del
partido, que busca imponer a cualquier
precio un escenario de sucesión del poder
manteniendo la autocracia, el unipartidismo
y el estatismo oficial. Por esta vía se pasó
a contener las reformas desplegadas en la
primera mitad de la década de 1990,
preservando, en lo fundamental, el sistema
político y económico responsable de la
crisis nacional.
La presente
Reforma Constitucional de junio de 2002 debe
ser considerada la antítesis de la de 1992 y
el punto culminante del proceso de
contrarreforma que se extiende luego del V
Pleno del PCC. Esta reforma es la envoltura
legal de la esclerosis política del
status quo, en tanto la anterior fue el
último ensayo aperturista acometido desde el
mismo. La reforma de junio tuvo un carácter
bastante limitado si se tienen en cuenta los
pocos aspectos transformados dentro de la
Constitución, pero, no obstante, su
influencia en los acontecimientos futuros de
la nación pueden ser de consideración. En
ella se modificaron algunos puntos
específicos del Capítulo 1, Sobre los
Fundamentos Políticos, Sociales y Económicos
del Estado Cubano, en sus artículos 3 y 11;
y, conjuntamente, el Capítulo 15, Sobre la
Reforma Constitucional. Si bien la reforma
se planteó por parte del régimen y de su
Máximo Líder como una respuesta a los
pronunciamientos de George W. Bush el 20 de
mayo de 2002, para todos quedó claro —y así
lo muestran los análisis más diversos— que
constituye la réplica al Proyecto Varela
presentado por Oswaldo Payá, apoyado por más
de cien organizaciones opositoras del
interior y por la recogida de más de 11.000
firmas entre la población del país.
El Proyecto
Varela ha sido considerado por muchos
observadores la acción más audaz promovida
por la oposición interna, capaz de retar al
régimen desde la sociedad civil y valiéndose
de la propia institucionalidad legal de
éste, lo que llevó a las autoridades
—incapaces de soportar el más mínimo nivel
de disensión— a organizar un proceso
controlado de recogida de firmas para
respaldar la reforma constitucional con una
imagen plebiscitaria, a diferencia de 1992,
cuando la profundidad de las modificaciones
constitucionales sí requería la consulta
popular, pues se trataba casi de redactar
una nueva Constitución. Por el contrario, en
aquella ocasión se desechó esta variante.
En 1992, en
medio de la crisis y la incertidumbre
generada por la desaparición del socialismo
"real", el régimen no se sentía capaz de
controlar los límites de la disensión e,
incluso, un proceso masivo de recogidas de
firmas para legitimar los cambios
constitucionales, por lo que evitó el
referéndum. Ahora, utilizó este último
método pero sin aventurarse tampoco en un
sufragio que implicara la votación directa y
secreta de los ciudadanos. Evidentemente, el
régimen no posee confianza en su capacidad
de control social para ir más allá.
La reforma
constitucional de junio pasado tiene
indudablemente el objetivo de cerrar el paso
a la demanda de referéndum del Proyecto
Varela, y desacreditar a la oposición
interna. Como se conoce, los cinco puntos
que incluye el Proyecto Varela son: la
transformación de la ley para la libre
asociación y expresión de la ciudadanía; la
amnistía de los presos políticos pacíficos;
el cambio de la ley para que los cubanos
puedan constituir sus propias empresas y la
apertura a un sector de empresariado
nacional; el cambio de la ley electoral 72,
que viola la Constitución; y, finalmente,
llama a las autoridades a celebrar
elecciones de acuerdo a las nuevas reglas
institucionales, de ser éstas aceptadas en
referéndum popular. Es la razón por la que
el principal aspecto de la reforma
constitucional fue la cuestión inverosímil
de declarar irrevocable al sistema político
y social establecido en la Constitución.
Por el impacto
que tiene en la actividad política inmediata
y en el futuro de la nación, hay que valorar
con profundidad el significado de esta
enmienda. Si el liderazgo gubernamental
afirma que es marxista, y la dialéctica es
el método de tal filosofía, ¿cómo puede
explicarse esa disposición a decretar un
verdadero final a la historia de Cuba? Un
partido marxista y sus líderes no
utilizarían sus energías para intentar
detener el cambio constante y las
contradicciones, que son la fuerza motriz
del desarrollo según sus concepciones, ni
podrían olvidar tampoco que la dialéctica no
admite la inmovilidad de la realidad en
ninguna de sus formas, incluyendo la social.
Con el
presente gesto, de apariencia desesperada,
los líderes cubanos demuestran, junto al
temor a los cambios, que no son partidarios
de ninguna ideología específica, que sólo
les interesa promover aquellas ideas y la
institucionalidad que les garantice
mantenerse en el poder de manera vitalicia.
La reforma constitucional de junio, que
parece para algunos una simple maniobra
retórica, encierra implicaciones políticas
preocupantes, que no se pueden eludir. Ella
atestigua la elevación al rango de acápite
constitucional de la opción de la sucesión
del poder promovida por el ala conservadora
del régimen, que rechaza cualquier cambio
posible por la vía pacífica y la negociación
y promueve en la Constitución proclamas
favorables a la violencia y la guerra, como
aparece en el Artículo 3.
Tales nociones
constitucionales podrían acarrear dramáticas
consecuencias en el futuro, dado lo
imprescindible que resulta la introducción
de cambios al actual sistema político. La
real disyuntiva planteada ahora no es
siquiera la de socialismo o muerte, sino la
de oficialismo o muerte. La reforma
constitucional puede interpretarse también
como la iniciativa del liderazgo de ganar
tiempo para que Fidel Castro pueda gobernar
con respaldo constitucional hasta el fin de
sus días, sin verse precisado a hacer
reformas esenciales al sistema político, ni
iniciar el impostergable proceso de
negociación con EE UU, factor clave para
facilitar el desarrollo nacional.
El régimen
repite así el mismo error de los fracasados
socialismos de Estado del tipo soviético,
que buscaron sostenerse ilimitadamente en el
poder, al amarrar hasta el más mínimo
detalle de los mecanismos represivos y el
aparato estatal, olvidando que es fuera del
Estado, y desde la sociedad civil y en su
amplia constelación de intereses, donde
nacen las fuerzas del cambio político y de
la transformación de la autoridad. A causa
de tal enfoque, ninguno de aquellos partidos
comunistas y sus dirigentes pudieron
percatarse de la inminencia del desplome de
sus respectivos regímenes.
La unanimidad
forzada por la reforma constitucional
conlleva a disminuir en Cuba los espacios
posibles de protagonismo en los cambios al
sector moderado del partido, que acaba de
recibir el tiro de gracia de la línea dura.
Se aprecia, asimismo, el traslado de esa
fuerza dinámica a manos de la oposición
moderada, que pese a sus limitaciones se
consolida, dada la frustración de la
población ante las acciones gubernamentales
y la incapacidad del Gobierno para resolver
los problemas cotidianos de la ciudadanía.
Frente a la
confrontación violenta y al concepto
estrecho de la patria —concebida sólo para
los revolucionarios— cobijadas en la
reciente reforma constitucional, la
oposición democrática prosigue divulgando su
proyecto de reconstruir la nación, mediante
la reconciliación nacional y un nuevo pacto
político de consenso entre todos los
cubanos. Uno que conlleve en el futuro a una
nueva Constitución democrática, fundamento
jurídico de la "república verdadera... Con
todos y para el bien de todos" que quería
José Martí. |