Artículos/Ensayos
Documentos
Libros/Folletos

 
 

Publicaciones - Artículos/Ensayos

 

Washington: ¿La revolución permanente?

ALBERTO F. ÁLVAREZ GARCíA
 

La celebración del Día de la Independencia de Estados Unidos, una perenne contradicción entre renovarse o declinar

 
Nueve años después de convertirme en un hombre libre al abandonar Cuba, pude satisfacer una de mis mayores curiosidades personales: participar en una celebración del Día de la Independencia de los Estados Unidos.
Zancos
Bandera norteamericana: poder, expansión y fiesta.

Un servicio especial de El Nuevo Herald, desde Washington, apuntó que los estadounidenses intentaron disfrutar del Día de la Independencia "a la manera tradicional, con barbacoas y fuegos artificiales", y que incluso con la "mala situación económica, con el desempleo en el 6,4 por ciento (el más elevado desde 1994), se olvidaron durante unas horas para dar paso a las hamburguesas, la cerveza y la charla en el jardín o en los parques con la familia y los amigos". En realidad, yo observé mucho más que eso.

Allí en el Mall, esa hermosa área de jardines situada entre la Casa Blanca y los monumentos a Lincoln, Washington y Jefferson, vi congregarse durante varias horas a más de medio millón de personas de forma alegre y entusiasta. Vi desfilar cientos, tal vez miles de personas que llevaban puloveres, ropas y gorras con la bandera de EE UU, y muchos otros que portaban con orgullo la insignia nacional. Mientras esperaban la hora del lanzamiento de los fuegos artificiales, o al retirarse del lugar, varias personas gritaban consignas patrias como: ¡Estados Unidos va!

Este medio millón de personas que participaron en dicha celebración en la capital federal, lo hicieron de forma completamente voluntaria, sin que nadie los movilizara ni dispusieran de autobuses o de recursos coercitivos a tales efectos. Ellos se encontraban allí para recordar el 4 de julio de 1776, fecha en que los padres fundadores, mediante la Declaración de Independencia, dieron nacimiento a los Estados Unidos como una nueva nación libre e independiente; guiados, fundamentalmente, por el principio de que "todos los hombres fueron creados por igual, que su Creador los ha dotado de ciertos derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Que para asegurar estos derechos se instituyen los gobiernos entre los hombres, los cuales derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados".

Con esa idea como base, surgió así la nueva nación con las limitaciones históricas del momento, con aquellas imperfecciones propias de toda obra humana. Trajo también consigo las contradicciones inherentes de sus fundadores, entre ellas, las de Washington, Jefferson y Madison. Principalmente, las de los dos últimos que, junto a sus avanzadas ideas y luchas por la igualdad entre los hombres, poseyeron esclavos, incluso después de la independencia. A pesar de ello, desde aquel grupo de colonias inglesas como punto de partida, los estadounidenses supieron construir una nación unida que habría de convertirse en la más fuerte economía y potencia del planeta. Además de confrontar en su trayectoria histórica las luchas por consolidar la democracia y los derechos de sus ciudadanos con sus proyecciones imperiales.

Durante la actividad hablé con muchas personas: por ejemplo, con Pedro Fernández —un joven de 19 años, hijo de emigrantes cubanos salidos de la Isla en 1980—, que va a ingresar en una escuela de pilotos de aviación en septiembre próximo. Con María del Socorro, de 23 años, de padres nicaragüenses y estudiante de medicina; con Salem, joven yemenita que estudia en un conservatorio de música; ninguno de familia rica, todos orgullosos de ser estadounidenses.

A lo largo de mi recorrido observé, además, a algunas personas pidiendo limosnas. Nadie puede pretender ignorar que la actual sociedad de Estados Unidos enfrenta graves problemas, entre ellos, la existencia de enormes diferencias sociales. Marx, Lenin y Trostky hablaron de la revolución permanente para proponer que los comunistas debían hacer transitar las revoluciones burguesas, de forma ininterrumpida, hacia las más radicales e igualitarias revoluciones socialistas. Ahora, después del derrumbe del "socialismo real" y la presente crisis del marxismo, la cuestión está en ver si en el caso de EE UU —por la importancia mundial de este país—, sus instituciones, forjadas a través de más de dos siglos de experiencia, podrán ser capaces de hacer más democrática e igualitaria esa sociedad, que fue una de las aspiraciones de sus padres fundadores. Y también, si logran enfilar sus acciones de política exterior dentro de los marcos del derecho, las normas y las instituciones internacionales, en un mundo cada vez más interdependiente y necesitado de la paz.

Con respecto a Estados Unidos, todos conocemos que en la retórica de Fidel Castro y del gobierno cubano siempre ha estado presente la idea de inculcarnos que una cosa es el pueblo de EE UU y otra son sus gobernantes; intentan justificar de esa manera el enfrentamiento al imperialismo norteamericano en cualquier lugar del mundo. Si profundizamos en el funcionamiento del sistema político estadounidense, es fácil percatarse de que esa es una falsa dicotomía: el pueblo de EE UU tiene el gobierno que escoge en elecciones libres, y que representa sus intereses.

En este aniversario 227 del Día de la Independencia sería deseable que los estadounidenses puedan, mediante sus instituciones, ampliar su democracia política, sus derechos civiles…, obtener una mejor distribución del bienestar y una mayor colaboración con las instituciones internacionales para ayudar en la búsqueda de un modelo de desarrollo sostenible y viable en el mundo. Todos necesitamos de esos esfuerzos, pues las posibilidades de sobrevivencia de la especie humana tal vez se decidan en este siglo que comenzamos, y mucho tendrá que ver en ello el rumbo que adopte esta poderosa nación.

Apoyada en una reflexión de ese mismo carácter, parte importante de la oposición pacifica al régimen cubano ha participado en el interior de Cuba en la celebración de este nuevo aniversario de la independencia de Estados Unidos. No se trata de una cuestión de oportunismo político, pues hace tiempo los principales dirigentes opositores han dejado claro que en una futura democracia harán todo lo posible por defender la soberanía nacional. Al tiempo que eliminarán de la política exterior cubana el enfrentamiento a las administraciones de EE UU, y las justificaciones de que las dificultades internas se deben a acciones de nuestro vecino del Norte.

Cerca de las 10 de la noche, cuando estallaban los bellos fuegos artificiales que cerraron la actividad del Día de la Independencia, mirando aquella enorme multitud alegre, pensé que no está mal una actividad así para celebrar la ya lejana fecha de la "Revolución Americana", que coronó con éxito la Constitución de 1787. Han pasado 42 presidentes en 227 años de vida republicana, para un promedio aproximado de 5,4 años de mandato presidencial, respectivamente. Digamos que esa estadística representa un buen nivel de alternancia personal en el poder y un excelente ejemplo contra la prolongación excesiva de gobiernos unipersonales y dictaduras.

En estos días tuve también la oportunidad de visitar las Casa-Museos de Madison (el Padre de la Constitución), en Montpelier; y de Jefferson, en Monticello —ambos lugares en el Estado de Virginia—, y me percaté de la admiración con que los americanos, principalmente los niños, valoran la  historia de su país. Eso me hace pensar que la verdadera dicotomía de Estados Unidos hoy, es aquella que deben encarar todas las sociedades posrevolucionarias: la perenne contradicción entre renovarse o declinar.