Nueve años después de
convertirme en un hombre libre al abandonar Cuba, pude
satisfacer una de mis mayores curiosidades personales:
participar en una celebración del Día de la Independencia de
los Estados Unidos.
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Bandera norteamericana: poder,
expansión y fiesta. |
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Un servicio especial de
El Nuevo Herald, desde Washington, apuntó que los
estadounidenses intentaron disfrutar del Día de la
Independencia "a la manera tradicional, con barbacoas y
fuegos artificiales", y que incluso con la "mala situación
económica, con el desempleo en el 6,4 por ciento (el más
elevado desde 1994), se olvidaron durante unas horas para
dar paso a las hamburguesas, la cerveza y la charla en el
jardín o en los parques con la familia y los amigos". En
realidad, yo observé mucho más que eso.
Allí en el Mall, esa
hermosa área de jardines situada entre la Casa Blanca y los
monumentos a Lincoln, Washington y Jefferson, vi congregarse
durante varias horas a más de medio millón de personas de
forma alegre y entusiasta. Vi desfilar cientos, tal vez
miles de personas que llevaban puloveres, ropas y gorras con
la bandera de EE UU, y muchos otros que portaban con orgullo
la insignia nacional. Mientras esperaban la hora del
lanzamiento de los fuegos artificiales, o al retirarse del
lugar, varias personas gritaban consignas patrias como: ¡Estados
Unidos va!
Este medio millón de
personas que participaron en dicha celebración en la capital
federal, lo hicieron de forma completamente voluntaria, sin
que nadie los movilizara ni dispusieran de autobuses o de
recursos coercitivos a tales efectos. Ellos se encontraban
allí para recordar el 4 de julio de 1776, fecha en que los
padres fundadores, mediante la Declaración de Independencia,
dieron nacimiento a los Estados Unidos como una nueva nación
libre e independiente; guiados, fundamentalmente, por el
principio de que "todos los hombres fueron creados por
igual, que su Creador los ha dotado de ciertos derechos
inalienables, entre los que se encuentran la vida, la
libertad y la búsqueda de la felicidad. Que para asegurar
estos derechos se instituyen los gobiernos entre los
hombres, los cuales derivan sus poderes legítimos del
consentimiento de los gobernados".
Con esa idea como base,
surgió así la nueva nación con las limitaciones históricas
del momento, con aquellas imperfecciones propias de toda
obra humana. Trajo también consigo las contradicciones
inherentes de sus fundadores, entre ellas, las de
Washington, Jefferson y Madison. Principalmente, las de los
dos últimos que, junto a sus avanzadas ideas y luchas por la
igualdad entre los hombres, poseyeron esclavos, incluso
después de la independencia. A pesar de ello, desde aquel
grupo de colonias inglesas como punto de partida, los
estadounidenses supieron construir una nación unida que
habría de convertirse en la más fuerte economía y potencia
del planeta. Además de confrontar en su trayectoria
histórica las luchas por consolidar la democracia y los
derechos de sus ciudadanos con sus proyecciones imperiales.
Durante la actividad hablé
con muchas personas: por ejemplo, con Pedro Fernández —un
joven de 19 años, hijo de emigrantes cubanos salidos de la
Isla en 1980—, que va a ingresar en una escuela de pilotos
de aviación en septiembre próximo. Con María del Socorro, de
23 años, de padres nicaragüenses y estudiante de medicina;
con Salem, joven yemenita que estudia en un conservatorio de
música; ninguno de familia rica, todos orgullosos de ser
estadounidenses.
A lo largo de mi recorrido
observé, además, a algunas personas pidiendo limosnas. Nadie
puede pretender ignorar que la actual sociedad de Estados
Unidos enfrenta graves problemas, entre ellos, la existencia
de enormes diferencias sociales. Marx, Lenin y Trostky
hablaron de la revolución permanente para proponer que los
comunistas debían hacer transitar las revoluciones
burguesas, de forma ininterrumpida, hacia las más radicales
e igualitarias revoluciones socialistas. Ahora, después del
derrumbe del "socialismo real" y la presente crisis del
marxismo, la cuestión está en ver si en el caso de EE UU
—por la importancia mundial de este país—, sus
instituciones, forjadas a través de más de dos siglos de
experiencia, podrán ser capaces de hacer más democrática e
igualitaria esa sociedad, que fue una de las aspiraciones de
sus padres fundadores. Y también, si logran enfilar sus
acciones de política exterior dentro de los marcos del
derecho, las normas y las instituciones internacionales, en
un mundo cada vez más interdependiente y necesitado de la
paz.
Con respecto a Estados
Unidos, todos conocemos que en la retórica de Fidel Castro y
del gobierno cubano siempre ha estado presente la idea de
inculcarnos que una cosa es el pueblo de EE UU y otra son
sus gobernantes; intentan justificar de esa manera el
enfrentamiento al imperialismo norteamericano en cualquier
lugar del mundo. Si profundizamos en el funcionamiento del
sistema político estadounidense, es fácil percatarse de que
esa es una falsa dicotomía: el pueblo de EE UU tiene el
gobierno que escoge en elecciones libres, y que representa
sus intereses.
En este aniversario 227 del
Día de la Independencia sería deseable que los
estadounidenses puedan, mediante sus instituciones, ampliar
su democracia política, sus derechos civiles…, obtener una
mejor distribución del bienestar y una mayor colaboración
con las instituciones internacionales para ayudar en la
búsqueda de un modelo de desarrollo sostenible y viable en
el mundo. Todos necesitamos de esos esfuerzos, pues las
posibilidades de sobrevivencia de la especie humana tal vez
se decidan en este siglo que comenzamos, y mucho tendrá que
ver en ello el rumbo que adopte esta poderosa nación.
Apoyada en una reflexión de
ese mismo carácter, parte importante de la oposición
pacifica al régimen cubano ha participado en el interior de
Cuba en la celebración de este nuevo aniversario de la
independencia de Estados Unidos. No se trata de una cuestión
de oportunismo político, pues hace tiempo los principales
dirigentes opositores han dejado claro que en una futura
democracia harán todo lo posible por defender la soberanía
nacional. Al tiempo que eliminarán de la política exterior
cubana el enfrentamiento a las administraciones de EE UU, y
las justificaciones de que las dificultades internas se
deben a acciones de nuestro vecino del Norte.
Cerca de las 10 de la noche,
cuando estallaban los bellos fuegos artificiales que
cerraron la actividad del Día de la Independencia, mirando
aquella enorme multitud alegre, pensé que no está mal una
actividad así para celebrar la ya lejana fecha de la "Revolución
Americana", que coronó con éxito la Constitución de 1787.
Han pasado 42 presidentes en 227 años de vida republicana,
para un promedio aproximado de 5,4 años de mandato
presidencial, respectivamente. Digamos que esa estadística
representa un buen nivel de alternancia personal en el poder
y un excelente ejemplo contra la prolongación excesiva de
gobiernos unipersonales y dictaduras.
En estos días tuve también
la oportunidad de visitar las Casa-Museos de Madison (el
Padre de la Constitución), en Montpelier; y de Jefferson, en
Monticello —ambos lugares en el Estado de Virginia—, y me
percaté de la admiración con que los americanos,
principalmente los niños, valoran la historia de su país.
Eso me hace pensar que la verdadera dicotomía de Estados
Unidos hoy, es aquella que deben encarar todas las
sociedades posrevolucionarias: la perenne contradicción
entre renovarse o declinar. |