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Revolución y
Constitución en Estados Unidos
Recordando el
216 Aniversario de la Constitución
Alberto F. Álvarez García
¿Qué
hubiera ocurrido si los padres fundadores de EE
UU hubieran deseado permanecer 44 años continuos
en la presidencia del país? La Constitución
norteamericana, ejemplo y vigencia.
Aunque
está muy divulgada la idea de que "las revoluciones
no son un camino idóneo para crear un gobierno",
desde una posición opuesta puede señalarse que las
revoluciones y la violencia han desempeñado un
destacado papel en el avance de la sociedad. Esta
última consideración hizo decir a Carlos Marx que
las revoluciones pueden ser consideradas las
parteras de la historia.
Sin
embargo, cuando se trata de analizar la relación
entre revolución y construcción de una sociedad
democrática, el asunto asume una mayor complejidad.
Barrington Moore, en su libro acerca de las
revoluciones y el origen de los gobiernos (The
social Origins of Dictatorship and Democracy,
1966), argumentó que "las revoluciones son
necesarias para la democracia", aunque señalaba que
el contenido y papel de las mismas han sido
diferentes, teniendo en cuenta la diversidad de los
casos, y que los rasgos de ellas han dependido más
de configuraciones y trayectorias particulares que
de tendencias generales históricas.
Al
estudiar la dinámica revolución-democracia, Moore
encontró que las democracias políticas tendrían
mayores oportunidades de instrumentarse en países
donde el poder económico y social de la aristocracia
terrateniente disminuyera en relación con el de la
burguesía, y cuando la agricultura no era el modo
predominante en la producción. Siguiendo ese
análisis, vemos por ejemplo, que fueron diferentes
las condiciones particulares y locales que asumieron
las revoluciones independentistas en América Latina
—entre 1810 y 1822— con respecto a la Revolución
Americana de 1776; también, hay significativas
diferencias cuando comparamos esta última con las
revoluciones inglesa, francesa y las producidas más
tarde durante el siglo XX.
Al
contrario de las revoluciones atlánticas de los
siglos XVII y XVIII, en el XX las transiciones
revolucionarias tendieron a la construcción de
regímenes unipartidistas o de partido dominante. Las
revoluciones rusa (1917), mexicana (1929), china
(1949) y cubana (1959), respaldan esa consideración
de que las transiciones revolucionarias del siglo XX
raramente evolucionaron hacia formas de competencia
política, oposición libre, tolerancia para la
rotación del poder y libertad de asociación.
En
este sentido, podemos expresar que la revolución de
Estados Unidos fue coronada con éxito; alcanzó el
nivel de una revolución profunda en lo económico,
político y social, que trajo a sus ciudadanos el
progreso social, cultural y un sistema democrático
que, además, se constituyó en el más importante
paradigma de la civilización occidental de su
tiempo.
En la
trayectoria exitosa de la revolución americana
influyeron factores tanto socioestructurales como
contingentes, entre estos últimos, la elección
estratégica de sus principales personalidades y
dirigentes políticos. Si bien es cierto que, desde
el punto de vista de los antecedentes históricos,
fueron muy importantes los aportes brindados por el
colonialismo inglés y, sobre todo, la experiencia
constitucional legada a la sociedad americana por
aquél, es casi imposible compartir el planteamiento
—demasiado determinista— del historiador Gordon S.
Wood, cuando dice que "era inevitable que los
estadounidenses llegaran a una constitución escrita
o que los nuevos Estados americanos en 1776
devinieran repúblicas".
Bien
pudo ser otro el final. Lo que marcó la real
diferencia fueron los factores circunstanciales que
coincidieron allí, en especial el rol desempeñado
por las personalidades y dirigentes principales,
primero en el acto de la Declaración de la
Independencia, y luego en el desarrollo del debate
constitucional y en la elaboración de la
Constitución. Se puede afirmar, sin temor a
equivocarse, que el pueblo de Estados Unidos tuvo
mucha suerte en su nacimiento como nación
independiente, al poder contar con hombres de la
dimensión humana e inteligencia de Washington:
Adams, Jefferson, Madison, Franklin, Hamilton, Jay y
otros muchos, dentro de los que no puede dejarse de
mencionar a Abraham Lincoln.
¿Qué
hubiera ocurrido si los cuatro primeros presidentes
de EE UU hubieran deseado permanecer 44 años
continuos en la presidencia del país? Brindando un
ejemplo digno de mencionar hasta hoy, ellos
acogieron con mucha modestia y responsabilidad la
norma de un máximo de dos breves mandatos
presidenciales, respectivamente, como principio
esencial de alternancia en el poder dentro de un
régimen democrático, recogido mucho más tarde en el
texto constitucional con la Vigésimo Segunda
Enmienda.
Estos
hombres, con sabiduría, superaron las dificultades
del momento y sus propias contradicciones
personales, políticas e intelectuales, en virtud de
alcanzar el objetivo mayor por el que habían
luchado: construir una nación unida, poderosa y
democrática. Con sólo mirar lo sucedido después de
la independencia latinoamericana, donde a pesar de
los esfuerzos de nuestros libertadores, se abrió un
ciclo interminable de anarquía, rivalidades
personales, caudillismo y autocracia, se podrá tener
mucho más claro la magnitud de lo hecho por los
padres fundadores de EE UU, y la enorme herencia
democrática que ellos aportaron al mundo.
La
revolución americana puede calificarse de
excepcional, cuando se observa que a través de las
armas y la violencia se llegó a alcanzar una
sociedad desarrollada, estable y democrática.
Obtener el desarrollo y la democracia son procesos
raros en la sociedad, que se les presentan a los
pueblos en pocas oportunidades. Los fundadores de EE
UU supieron aprovechar esa oportunidad en 1787,
cuando produjeron la Constitución Federal.
Algo
esencial en la obra de los fundadores de EE UU, fue
la certeza de que había que establecer instituciones
adecuadas, y no sobrestimar el papel de las
personalidades. "Instituciones, no hombres", fue el
principio que les guió, teniendo muy presente la
idea visionaria de su predecesor inglés James
Harrington, según el cual era necesario "el imperio
de la ley y no el de los hombres". Resolver el
binomio poder-libertad, problema fundamental de toda
estructura política, fue la tarea más importante que
ellos enfrentaron con especial talento.
Tal
orientación se correspondió, en la práctica, con la
intención de ir avanzando en el transcurso de la
revolución, en la construcción de instituciones
apropiadas. Esta marcha hacia la consolidación
institucional del país, se observa desde los
momentos iniciales de la revolución: en 1774 y 1775,
con la realización de los dos primeros Congresos
Continentales; en 1776, al aprobarse la Declaración
de Independencia; en 1777, mediante los Artículos de
la Confederación, ratificados en 1781; y en 1787,
cuando se produce la Convención de Filadelfia, que
elaboró la nueva Constitución de Estados Unidos, que
resultó ratificada en 1788 por la mayoría de los
Estados de la Unión, con la excepción de Rhode
Island y North Carolina. Finalmente, el 30 de abril
de 1789, George Washington asumió su cargo como
Presidente de Estados Unidos sobre la base de las
normas establecidas por la Constitución recién
estrenada.
La
Convención Constitucional de Filadelfia, inaugurada
el 25 de mayo de 1787, resultó ser una muestra
culminante del espíritu democrático con el que los
fundadores de la nación proyectaron el valor de su
obra. A la Convención llegaron delegaciones de todos
los estados, con grandes diferencias y nociones
disímiles para introducir las enmiendas necesarias a
los Artículos de la Confederación de 1781.
Se
puede tener una idea de la multiplicidad de
posiciones presentes, solamente con ver que, si bien
la mayor polémica se centró rápidamente en la
oposición entre los Planes Virginia y New Jersey,
había muchos constituyentes como Alexander Hamilton,
que al inicio no estaban de acuerdo con ninguno de
ambos planes. No obstante, al final de los debates,
ellos elaboraron la nueva constitución mediante el
consenso, según las exigencias del "buen gobierno y
la preservación de la Unión".
James
Madison (el Padre de la Constitución) y los
seguidores del Plan Virginia (la posición defendida
por los mayores estados que deseaban dos cámaras en
la legislatura, basadas en la representación
proporcional), supieron a través del debate ganar el
apoyo decisivo, con respecto a su posición
fundamental de fundar un fuerte gobierno central
nacional; frente a la posición de los pequeños
estados, agrupados tras el Plan Nueva Jersey, que
solicitaban igual representación. Con la
ratificación de la Constitución de Estados Unidos,
en 1788, y la adopción en 1791 de las primeras 10
Enmiendas (Bill of Rights), se culminó el proceso
inicial de institucionalización de la democracia
americana.
La
Constitución de 1787, asimismo, se convirtió en el
referente clave para el mundo como la primera de las
cartas magnas modernas donde fueron definidas
explícitamente, mediante un texto escrito, las
características de una nueva época de la humanidad
con la afirmación de la ley de libertad del
individuo y la existencia de derechos irrenunciables
del ciudadano, como criterios primordiales de la
organización del Estado. Presentó a este último,
determinado en sus funciones por la división de
poderes entre los gobiernos nacional y estatales, la
separación de los poderes en tres ramas: legislativa,
ejecutiva y judicial; además de la admisión de una
serie de pesos y contrapesos para restringir esos
poderes y balancear sus acciones.
Los
padres fundadores de Estados Unidos hicieron todo lo
posible para elaborar una institucionalización
democrática que fuera la principal defensa de la
nación y el ciudadano contra un gobierno desmesurado,
en medio de sus búsquedas de la libertad como meta
perpetua del ser humano.
Por su
parte, las luchas del pueblo estadounidense le han
permitido ampliar históricamente sus libertades
sociales, civiles y políticas a partir de las
enmiendas introducidas a la Constitución con el paso
de los años, donde habría que destacar la
emancipación de los esclavos, "talón de Aquiles" de
la Constitución de 1787. En tanto, todo intento de
obviar la división y equilibrio tripartito de
poderes —núcleo de la Constitución de EE UU—, ya sea
desde la unidad del poder proclamada por el marxismo,
o desde las reacciones antiliberales capitalistas
como en el fascismo, han conducido a gobiernos
autocráticos abominables. Una prueba mayor de la
vigencia que tiene hoy la Convención de Filadelfia,
en sus aportes a la teoría constitucional y a la
humanidad.
Publicado en la revista ENCUENTRO EN LA RED bajo el
título "Washington:
Revolución Democrática" |