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LAS CIENCIAS
SOCIALES CUBANAS:
ENTRE EL SABER Y EL PODER
Haroldo
Dilla Alfonso,
Coordinador general de Investigaciones,
FLACSO-República Dominicana
Publicado en la
Revista Vértice
No 7, junio-julio 2002. FLACSO, Santo Domingo
Una amiga
socióloga, vinculada con Cuba profesional y emotivamente,
me decía en una ocasión que los sociólogos cubanos eran
raros: expositores críticos brillantes cuando hablan en
privado; mediocres cuando hablan en público y
tremendamente opacos y oficialistas cuando publican sus
resultados. No creo que tuviera totalmente razón: los
hay opacos y mediocres desde el principio y también
quienes son brillantes hasta el final. Pero en esencia
mi amiga apuntaba a un hecho: la relación inhibitoria de
los académicos cubanos con el poder político.
Justo lo
que en un debate público dos figuras intelectuales que
descollaron en la isla en los 60s, el exiliado (hoy
lamentablemente fallecido) Jesús Díaz y el residente en
la isla Aurelio Alonso llamaban respectivamente "complicidad
silenciosa" y "lealtad política".
Los
matices entre la opacidad y el brillo. A principios de
los 60s Fidel Castro en una alocución a los
intelectuales definió la política de la revolución hacia
estos sectores en una breve frase: "Dentro de la
Revolución todo, contra la Revolución nada". Dicho en un
contexto de graves amenazas para el proyecto
revolucionario incluyendo la agresión norteamericana, la
frase era muy positiva. Y de hecho siempre ha quedado
flotando en las políticas hacia los intelectuales.
Solo que
contenía en si una trampa que ha golpeado más de una vez
a los científicos sociales: la definición de "la
revolución". Si ésta era definida como un proyecto de
justicia social, antiimperialismo y construcción
democrática, había mucho espacio (y aún más razones)
para estar dentro. Pero si se remitía a las políticas
puntuales, el estrechamiento era tal que la única manera
de estar dentro era haciendo gala de una incombustible
"lealtad política" en palabras de Alonso, de una
angustiante "complicidad silenciosa" según Díaz, o
sencillamente resignarse a ser opaco y oficialista hasta
el final como notaba mi amiga.
En este
punto no debe haber dudas: el sistema político cubano
exige de sus intelectuales una alineación sin fisuras
con una serie de definiciones políticas y reprime sin
vacilación los disensos. No se trata, como a veces se
cree, de una exigencia de fidelidad al marxismo. En
realidad el marxismo es una teoría crítica muy poco
implantada en Cuba y la mayoría de los científicos
sociales cubanos han sido educados en una suerte de
escolasticismo vulgar incompatible con el marxismo. Por
otra parte, ni los patéticos censores ideológicos ni la
burocracia que dirige los centros de investigaciones son
marxistas o conocen marxismo. A lo sumo tienen a su
haber algún título universitario fabricado al vapor, en
ocasiones doctorados otorgados gratuitamente y unas
pocas lecturas de textos sencillos que les bastan para
sus aburridos discursos monotemáticos.
La
exigencia es bastante más pedestre: se trata -asumiendo
como una premisa la superioridad del sistema político
cubano- de legitimar los postulados fundamentales de las
políticas en curso, aún cuando se pueda diferir de
aspectos secundarios de ellas. Dado que estas políticas
varían, y a veces dramáticamente y en períodos muy
cortos, los científicos sociales cubanos -con meritorias
excepciones- se han visto obligados a defender con igual
brío a los tempestuosos e indefinidos 60s, a la
subsiguiente etapa de sovietización (1970-85), al
período de crítica a la sovietización en nombre de los
valores antimercado (1986-93), y a la apertura de
mercado de los 90s. En pocas palabras, como anota un
conocido chiste, nunca se han desviado de la línea del
Partido, sino que se han desviado junto con ella. Sin
experimentar los rigores del sonrojo.
De alguna
manera esta situación explica los grados desiguales de
desarrollo de las disciplinas sociales: según más
alejada esté la disciplina de los avatares de la
política, mayores serán los espacios de libertad
académica. Ello se evidencia, por ejemplo, en un
relativo mayor desarrollo de la producción
historiográfica, o en los logros notables obtenidos en
especialidades como la sicología social, la demografía y
la pedagogía. Y en contraposición, el grado de
indigencia de la sociología y sobre todo de la
sociología política.
¿Apertura
o tolerancia por omisión?. Por supuesto que las ciencias
sociales cubanas han tenido sus "épocas de gloria", en
las que se han articulado grupos innovadores de
pensadores, que han propuesto ideas nuevas y han
fomentado algún tipo de debate. Sucedió, por ejemplo,
entre 1965 y 1969, y luego entre 1990 y 1996. Pero ello
nunca estuvo determinado por una política aperturista de
una clase política que siempre ha percibido a los
científicos sociales con fines muy utilitarios de
legitimación ideológica y que está acostumbrada a
gobernar sin competencias permitidas. En ambos casos el
escenario histórico que permitió estos avances fue una
alta indefinición de políticas al nivel nacional. Fue
una tolerancia por omisión.
En
la primera etapa mencionada tuvo lugar el vibrante
experimento teórico de la revista Pensamiento Crítico,
realmente el único intento de generar un marxismo
crítico auténtico en la isla. Fue una etapa en que la
joven revolución cubana no había decidido como organizar
su economía, como alinearse internacionalmente, ni
siquiera como ordenar su régimen político.
Cuando lo decidió,
estimulada por la inserción al bloque soviético, la
revista fue clausurada y sus impulsores fueron
desperdigados en diferentes funciones muy alejadas del
arte de pensar. Desde entonces y por quince años la
academia cubana conoció un período gris y monótono.
Saturada de manuales
soviéticos y regida por la faraónica Escuela Superior
del Partido, la sociología fue proscrita de los estudios
universitarios y en su lugar aparecieron exóticas
asignaturas como el "ateísmo científico", destinada a
demostrar que dios no existía, y el "comunismo
científico" cuyo objetivo era especular acerca del
futuro del comunismo mundial. Temas profanos a los,
sintomáticamente, Marx nunca se dedicó.
Desde 1990
y hasta 1995 la academia cubana vivió otro momento de
auge, coincidente con una etapa en que la clase política
observaba perpleja como sin el apoyo soviético la
economía cubana era incapaz de garantizar su
reproducción simple. A diferencia del período de
Pensamiento Crítico, los científicos sociales no se
propusieron transformar al marxismo, sino a lo sumo
utilizarlo para explicar las causas de la crisis
nacional y proponer soluciones económicas, sociales y
políticas. Fue, además, un debate socialista al que se
fueron sumando sectores de la emergente sociedad civil y
del propio funcionariado, y cuyo eje fue el Centro de
Estudios sobre América (CEA). El final es conocido.
Cuando en 1995 la economía comenzó a crecer y la clase
política recuperó su autoestima, el CEA fue disuelto y
se impuso otra época de cierre del debate que prevalece
hasta hoy.
Un lugar
en futuro. Nada de lo afirmado indica que las ciencias
sociales cubanas y en especial la sociología sean
irrelevantes. Aún reconociendo que en la academia cubana
se mueven más censores, burócratas y apologistas poco
imaginativos que lo que el buen gusto aconseja, hay
también que reconocer que existe un potencial creativo y
de hecho una creación sociológica relevante. Ante todo
el país cuenta con un dispositivo infraestructural de
decenas de centros de investigaciones y universidades
con programas investigativos, así como con una política
definida de asignación de recursos, datos envidiables en
la realidad continental, donde las investigaciones
sociales son acciones casi espontáneas y las
universidades, salvo excepciones, son fábricas
mercuriales de graduados.
Probablemente se trata de una infraestructura excesiva,
abrumada de personal ineficiente, y habría más de un
centro de investigación cuyos resultados son tan
mediocres que merecería la clausura inmediata en nombre
del "bien común". Pero al mismo tiempo existen otros que
han logrado una producción de excelencia, y dentro de
ellos especialistas de una altísima calificación
profesional y no menos valentía política para colocar
sobre la mesa temas polémicos y relevantes.
Afortunadamente, la ofensiva oscurantista de 1996 contra
el debate académico no pudo retrotraer la producción
sociológica a los tristes niveles de décadas anteriores.
Pero la cuestión clave es si el nivel actual del debate
y de la producción puede satisfacer los requerimientos
que toda sociedad hace de sus científicos sociales, y en
particular una sociedad que como la cubana, vive
momentos de urgentes definiciones.
Las
ciencias sociales cubanas y en particular la sociología
debe actuar de manera significativa en la producción de
diagnósticos y pronósticos sobre los efectos sociales de
una transición que conducirá inevitablemente al país al
capitalismo, pero que no omite la posibilidad de
acciones políticas, económicas, sociales y culturales
dirigidas a salvar los logros revolucionarios de las
últimas cuatro décadas. Fenómenos como la pobreza y la
marginalidad ya son partes consustanciales de la
realidad cubana. Al mismo tiempo, es necesario discutir
la necesidad de un orden político democrático y
pluralista que de cuenta de la rica diversidad social,
cultural e ideológica generada por la propia revolución
y garantice el disfrute de los derechos socioeconómicos,
civiles y políticos ciudadanos. En un orden mundial cada
vez más constreñido por los intereses geopolíticos
norteamericanos y por las tasas de ganancia de las
grandes corporaciones, también Cuba requiere de un
debate acerca de su inserción a este orden conservando
las cuotas básicas de su soberanía.
La
sociedad cubana requiere de una producción sociológica
más activa y autónoma, que actúe como parte propositiva
en un debate nacional que el país necesita y tendrá que
hacer en algún momento. Es un debate que no puede ser
sustituido por frases altisonantes y consignas
apocalípticas. Y que hoy parece incompatible con la
intolerancia que prevalece en el sistema político cubano.
Una
sociedad que elimina su pensamiento crítico solo gana la
tranquilidad momentánea al alto precio de hipotecar su
futuro. Y el mundo académico cubano es en última
instancia un resultado de la obra revolucionaria, por lo
que su represión implica paradójicamente que esa
revolución comienza a sufrir sus propios logros. |