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Una semana
luctuosa
José Conrado Rodríguez Alegre, Pbro.
Párroco de Santa
Teresita
Santiago de Cuba
Queridos
hermanos:
La semana
que ha terminado ha sido una semana luctuosa. Comenzó el
domingo 16 con la noticia del fallecimiento de Mons.
Eduardo Boza Masvidal, obispo cubano desterrado hace 41
años, que dedicó su vida a servir al pueblo cubano del
exilio, y radicó su residencia en Venezuela, en cuya
Iglesia y a favor de cuyo pueblo, entregó todos estos
años como sacerdote y obispo. Monseñor Boza ha encarnado
el espíritu vareliano en nuestro tiempo: su vida ha sido
un ejemplo de fe y de amor, de perdón y de entrega en
favor de sus hermanos. Estoy seguro que hemos ganado un
nuevo intercesor en el cielo, que velará por nuestro
pueblo y nuestra Iglesia.
La segunda
noticia que embargó nuestra alma de tristeza fue el
comienzo de la guerra en Iraq. Se le ha llamado la
primera guerra del siglo. Toda guerra es un fracaso de
la paz, un fracaso de la humanidad y de nuestra
capacidad de establecer la concordia por medio del
diálogo y la negociación. Ese es el papel que desde la
Segunda Guerra mundial se la ha reservado a la
Organización de las Naciones Unidas. Sabemos bien que la
responsabilidad de la guerra recae en primer lugar sobre
el gobernante Iraquí, que por 12 años se ha estado
burlando de las resoluciones de desarme del Consejo de
Seguridad de la ONU. Pero sabemos que el inicio de la
contienda, medida unilateral asumida por el gobierno
americano, y otros gobiernos que lo han secundado, ha
resultado un duro golpe para las instituciones y
mecanismos previstos para la solución de los conflictos
internacionales. El triunfo de la conflagración es el
fracaso de la conciliación. Y los que sufren son los
pueblos, y en los pueblos, aquellos que son los más
humildes y más desprotegidos. Nos unimos pues, al Santo
Padre, que no ha cesado un minuto en las últimas semanas
de hacer cuanto ha podido para evitar la guerra y esta
situación de irrespeto a las normas internacionales de
conviviencia entre los pueblos y naciones de la tierra.
La tercera
noticia ha sido la ola de arrestos ocurrida en nuestros
país en los últimos días, precedida por una campaña de
prensa que trataba de deslegitimar la vida y la acción
de estas personas hoy encarceladas: luchadores pacíficos
por el respeto a los derechos humanos, hombres y mujeres
que trataban de hacer realidad en ellos y para los
demás, aquella definición de libertad que Martí escribió
para los niños… "el derecho que todo hombre tiene a
pensar y hablar sin hipocresía". Estas medidas
represivas han llenado de zozobra y dolor a muchas
familias cubanas. Y tengo que decir que, conociendo
algunas de estas personas desde hace mucho tiempo, y
habiendo sido su pastor y párroco por varios años, tengo
que decir, que están entre las personas más honestas,
valientes y generosas que he conocido en mi vida. Y me
consta que su intención de servir a nuestro pueblo ha
sido la mejor y mayor. Mi oración y mi admiración está
con ellos y sus familias. Creo que esta ola de arrestos
es un rudo golpe al espíritu de reconciliación entre
todos los cubanos, a que no sea la violencia la que rija
nuestra convivencia ciudadana, y al respeto que los
derechos fundamentales de toda persona humana merece y
exige, por parte de las instituciones y los individuos.
No podemos levantar la voz para condenar por el uso de
la fuerza fuera de nuestras fronteras y callar cuando se
aplica como criterio de conducta dentro de nuestra
sociedad y contra nuestro propios hermanos. Pienso que
lo más doloroso de esta situación es que son cubanos los
que reprimen a otros cubanos, conculcando así sus
derechos más elementales.
He pensado
que ante estos hechos no debía callar. Porque ese
silencio sería cómplice de lo que considero como una
injusticia. Por otra parte, nuestra respuesta ante estos
hechos no puede ser el odio, la violencia, el
resentimiento. Nuestras armas no pueden ser otras que
las de Jesús. En la tradición de nuestra Iglesia la
primera respuesta es la oración: por los que sufren y
por los que hacen sufrir, pensando quizá que hacen un
bien, (como dice el Evangelio, "a ustedes muchas veces
los perseguirán pensando que hacen un bien al mundo").
Por eso, en esta semana, todos los días, a las cinco de
la tarde tendremos una hora santa para pedir por la paz
entre los pueblos y la concordia entre los seres
humanos. Los días de Misa, tendremos la Eucaristía.
Personalmente, a partir de la tarde de hoy domingo, y
hasta el sábado próximo, comenzaré un ayuno que será
todo lo riguroso que la salud me permita. Ese ayuno lo
hago por todos mis hermanos cubanos, por los que están
presos y por los que los han encarcelado. Y considero
que ésta es la única actitud coherente con el Evangelio
de Jesús: "amen a los que los odian, recen por los que
los persiguen y calumnian, hagan el bien a los que les
hacen el mal, y así serán hijos del Padre que está en
los cielos".
Mis
queridos hermanos, creemos en un Dios crucificado, que
supo orar por los que lo llevaron a la cruz, e incluso
disculparlos ("Padre, perdónalos, porque no saben lo que
hacen"). Fue sufriendo por amor y con amor como Cristo
redimió al mundo. Y para nosotros no existe otro camino.
Para terminar, quiero recordarles las palabras de una
gran poetisa latinoamericana, que puede ayudarnos a
elevar nuestros corazones del fragor de la violencia al
camino del amor, del perdón y de la paz:
"El amor es torbellino
de pureza original
Hasta el feroz animal
susurra su dulce trino:
Acoge a los peregrinos
Libera a los prisioneros.
El amor con sus desvelos
al viejo lo vuelve niño.
Y al malo sólo el cariño,
Lo vuelve puro y sincero". |