Testigo de su fe
Alejandro Armengol
Hay un problema fundamental cuando se comienza a leer el libro
en que María Cristina Herrera cuenta, entre otras cosas, su vida
y la labor que por tantos años ha desarrollado en Cuba y en
Miami. Y es que uno puede iniciar la lectura entusiasmado con la
idea de encontrar un manual de superviviencia. Lo mejor es que
pronto se da cuenta que vale la pena llegar hasta la última
página, aunque quede algo desilusionado respecto a esa asunción
inicial.
Lo peor es que la autora no va a mover un dedo para consolarlo,
así que si se decide a abrir El vuelo de una mariposa es por su
cuenta y riesgo. Nadie va a advertirlo, y mucho menos quien lo
escribió.
Parte autobiografía, parte análisis, parte también necesidad de
dejar en blanco y negro las opiniones sobre algunos de los
hechos que han definido a la comunidad exiliada cubana por casi
medio siglo, uno de los problemas que se enfrentan con esta obra
que María Cristina se empeña en llamar ''librito'' es que
resulta tan difícil de encasillar como su creadora: alguien que
podríamos catalogar, por edad y fecha de salida de Cuba, como
miembro del llamado ''exilio histórico''. Pero que ha roto con
ese molde y ha sido duramente atacada por ello. Propugnadora de
un verdadero diálogo entre las dos orillas, a la que desde 1991
el gobierno de La Habana le ha impedido volver a viajar a la
isla. Conspiradora contra el gobierno de Fidel Castro en su
juventud y hoy día defensora de la tesis de que ''lo que podamos
hacer por Cuba y su destino ha de ser pautado por los que viven
adentro, con la cooperación abierta y eficaz de los que
radicamos fuera. El futuro de Cuba y de todos sus hijos ha de
ser incluyente y democrático''. Académica y contraria a todas
las academias, en lo que éstas implican de estrechez de miras,
recintos cerrados y cátedras ajenas a la realidad de la calle.
Así que lo mejor es tomar El vuelo de una mariposa y tratar de
extraer de él lo que a uno mejor le conviene. A mí el libro me
ha servido para varios propósitos. No voy, por lo tanto, a
contar ni referirme a la vida de María Cristina y su lucha tenaz
ante la adversidad --que ella no la considera tal--, ni tampoco
a referirme a que esta mujer de apariencia frágil, pero fuerte y
decidida, ha sido víctima de acosos, calumnias y un atentado
dinamitero en su propia vivienda.
Lo que me interesa destacar es que este libro me ha servido para
conocer mejor el tantas veces calumniado proceso de ''diálogo'',
que permitió la salida de gran número de presos políticos,
cambió por completo la percepción existente en la población
residente en la isla sobre los exiliados que vivían en Miami y
fue responsable, en última instancia, de que ocurriera el éxodo
a través del puente marítimo Mariel-Cayo Hueso.
Al respecto, creo que hay una cita en el libro que define con
claridad la clave de esta transformación: 'Soy del criterio que
la cuestión más fuerte y notoria que resulta de este proceso que
se inicia en noviembre de 1978 es que el valor de la familia se
restablece como prioritario entre los cubanos todos --adentro y
afuera. La ideología y la política van perdiendo terreno poco a
poco: los de adentro, van perdiendo el miedo y pasan por alto
viejas prohibiciones de contacto con `los que se fueron'. Los de
afuera, por su parte, apoyan el embargo con la boca y lo burlan
con el bolsillo y el corazón''.
En otra omisión de la que me declaro culpable, no voy a hablar
de la labor intelectual desempeñada por el Instituto de Estudios
Cubanos (IEC), fundado por María Cristina, su labor
aglutinadora, destinada al intercambio de los criterios más
diversos, por parte de intelectuales que viven en cualquier
lugar a que los ha conducido la diáspora y otros que han
preferido mantenerse en Cuba. Tampoco voy a enfatizar que estos
intelectuales se encuentran entre los más prestigiosos de la
nación cubana en casi medio siglo, y que su participación en el
IEC ha estado motivada por razones de intercambio de criterios y
nunca por remuneración económica alguna (que no ha existido),
posibilidades de viajes pagados o sinecuras de tipo alguno. El
prestigio y el conocimiento siempre han sido las únicas
recompensas en este sentido.
Quiero, por último, referirme a lo que para mí ha resultado más
valioso tras la lectura de El vuelo de la mariposa: el
comprender mejor la difícil, compleja y por momentos
controversial relación entre la Iglesia Católica cubana y el
Estado. El punto de vista de María Cristina responde no sólo a
la visión del creyente, sino a la disciplina de un miembro de
una organización sumamente jerarquizada. Esto no impide que
alguien ajeno, tanto a la fe como a la jerarquía, pueda
beneficiarse del análisis y la perspectiva de la autora.
``A comienzos del siglo XXI, la Iglesia en Cuba vive una
situación, al menos peculiar. De cierta manera es hoy
dialécticamente débil y fuerte al mismo tiempo. Es débil por su
ausencia de los medios masivos de comunicación que disminuye su
presencia en vivo y directo en la sociedad y en la población
[...]. Sus canales de comunicación con las autoridades políticas
del país, si bien existen y han mejorado, no tienen ni la
consistencia ni la regularidad de otros vínculos paralelos
dentro de la sociedad insular. [...] Con todo y a pesar de todo,
la Iglesia en Cuba en los albores de este siglo ha rescatado su
espacio, pequeño y humilde junto al cubano de a pie''.
Leyendo El vuelo de la mariposa he adquirido una mayor
comprensión sobre el papel de la Iglesia. No es un mal antídoto
frente a tanta intolerancia.