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TODO PASA
Editorial. Revista Vitral No. 50, julio-agosto de 2002
Para ver
claro no podemos perder la perspectiva. Toda situación
depende, en gran medida, del ángulo des de el que se
analice. Hay personas que viven como si nada estuviera
cambiando, como si nada fuera a cambiar.
Esto es,
por lo menos, una falta de perspectiva. Nos hemos
llegado a creer que las cosas, los proyectos y las
personas son eternos. No sabemos por qué, pero, a veces,
tenemos la sensación de que las cosas "van para largo",
de que no vamos a ver un cambio, de que la vida de
nuestros hijos será idéntica a la nuestra.
Seguimos
pensando en que tendrán que seguir nuestro mismo camino
trillado, tenemos la ingenuidad de pensar de que su
futuro será igual a nuestro pasado y para todos los
tiempos. Esta apreciación de la realidad es, además de
un error de perspectiva, una trampa sicológica para
atraparnos en el inmovilismo, en la parálisis, en la
inercia de que nada puede cambiar.
Para salir
de este sopor que alienta el conservadurismo bastaría
con mirar hacia atrás y analizar nuestro propio país en
los últimos 10 o 12 años. ¿Cambian o no han cambiado las
cosas? En nuestros propios hogares, en nuestros centros
de trabajo, en toda nuestra sociedad, son evidentes las
cosas que han cambiado. Pongamos varios ejemplos que nos
sirvan para despertar del letargo de que nada cambia, de
que todo seguirá igual.
-
Hace
doce años el 85 % de nuestro comercio exterior
estaba en manos de la Unión Soviética y el campo
socialista. Hoy nuestro comercio se comparte entre
más de cien naciones, la inmensa mayoría del mundo
capitalista, y la URSS y el campo socialista
desaparecieron. ¿Quién lo iba a decir? ¿Cambian o no
cambian las realidades que creíamos eternas
potencias?.
-
Hace
doce años en Cuba había una única moneda, la
nuestra, el peso cubano, y podíamos comprar en
tiendas que vendían en esa propia moneda, como
resulta lógico y normal. Hoy, en Cuba hay tres tipos
de monedas: el peso, el peso convertible(llamado
chavito) y el dollar norteamericano. Dos tipos de
tiendas, dos clases de ciudadanos:los que tienen
divisa y los que viven de su salario en pesos
cubanos. Esa es la diferencia. ¿Quién lo iba a
decir? Todavía recordamos a personas que estuvieron
en la cárcel por tenencia ilícita de divisas.
¿Cambian o no cambian las cosas que nos parecía
imposible que cambiaran?
-
Hace
doce años, en Cuba la inmensa mayoría de nuestros
jóvenes soñaban con sus carreras en nuestras
universidades y sabían que estas eran garantía para
poder superarse, vivir, mantener a su familia y
progresar dentro de un modelo modesto pero honesto.
Hoy vemos crecer la cantidad de jóvenes que están en
la calle, sin trabajar, viviendo del sexo, del
juego, de los negocios ilícitos. No son todos, ni
son la mayoría, pero ahí están las escuelas en las
que se les paga algo para que estudien, muestra de
la preocupación del Estado y de una realidad que no
podía imaginarse hace una década. ¿Cambian o no
cambian las cosas que nos parecía imposible que
cambiaran?
-
Hace
doce años, todo lo que era extranjero era
diversionismo ideológico, hasta las publicaciones de
la URSS comenzaron a serlo. Las empresas foráneas
eran peligrosas multinacionales que venían a
explotar las riquezas de nuestro suelo y el trabajo
manufacturero de nuestro pueblo. Hoy, ya lo estamos
viendo, esas empresas se llaman "firmas", hacen
empresas mixtas con las cubanas, invierten aquí,
tienen un porte y aspecto muy atrayente para
nuestros empresarios que desean entrar en ese mundo
para "mejorar". Es verdad que dicen que no tienen
todas las facilidades para implantarse aquí, pero el
hecho es que están ya aquí. Pagan, la mayoría de las
veces, al Estado en divisa y el Estado cubano paga
en pesos y algunos estímulos a nuestros
compatriotas. ¿Cambian o no cambian las cosas que
nos parecía imposible que cambiaran?
-
Hace
doce años parecía como que todos pensábamos de forma
monolítica y unánime. No se conocían organizaciones
independientes de la sociedad civil, no abundaban
los medios de expresión diversos y disonantes. El
miedo era mayor que todo y la crítica en la calle
era casi inaudible y casi inenarrable.
Hoy, ya
sabemos por las mismas estadísticas de la prensa oficial
que hay un porciento, que parece creciente con relación
al año 1976 en que se aprobó la Constitución de la
República, que opina distinto, que expresa sin miedo sus
alternativas, que firma con su carnet de identidad sus
proyectos y que las críticas pueden ser escuchadas en
cualquier esquina de la calle y narradas en el centro de
trabajo, ocupando los espacios abiertos que les han
conquistado al miedo.
Podríamos
seguir esta lista de realidades cambiantes, para bien y
para mal, pero cambiantes. No se trata de hacer ahora un
análisis ético o político sobre cada una de estas
realidades con algunas de las cuales estamos francamente
en desacuerdo. Se trata de constatar que todo cambia,
aún cuando no nos demos cuenta, cuando vayan pasando tan
poco a poco que parezca imperceptible. Todo va
cambiando, casi siempre de afuera hacia dentro, de lo
circunstancial a lo esencial, del detalle a la médula de
las realidades sociales.
La médula
de toda realidad social es el hombre y la mujer, la
persona humana. Hasta ella llega la repercusión directa
o indirecta de los cambios: es la persona la que sufre
cuando es para mal, es la persona la que se promueve
humanamente cuando es para bien. Es la persona la que es
manipulada cuando no protagoniza los cambios, es la
persona la que se libera y crece y crea cuando puede
tomar las riendas de los cambios. Es la persona humana
la que se desanima cuando le hacen creer que nada cambia
y nada se moverá, que nada es posible y hasta que no
debemos apostar por lo imposible.
Hace doce
años todo aquello que ha cambiado era imposible, parecía
imposible, nos hicieron creer de un lado y del otro. En
el seno de nuestras familias nos criaron y nos educaron
dentro del miedo y la falsa prudencia porque creían o le
hicieron creer que nada cambiaría. He aquí una clave
para entender por qué se ha dilatado el cambio, por qué
hasta algunos de los que debían ser maestros de la
conversión y la renovación, recomendaron en ocasiones,
ser ³sensatos², cambiar para adentro de nosotros mismos,
ensimismarnos en lo trascendente que equivalía a decir
en lo individual e intimista, porque aquí ³las cosas² no
van a cambiar, por lo menos, por ahora. Era la época del
"reacomodo", del miedo con máscara de prudencia. Eran
otros tiempos, ¿Quién diría hoy que lo imposible no
puede irse transformando, gradualmente,
perseverantemente, en algo posible y perfectible?
Creemos
que hay que trabajar en hacer visibles los cambios. En
hacer evidente la posibilidad del cambio. En hacer
consciente la provisionalidad absoluta de todo lo
terreno. No es sólo una tarea cívica es, además, una
misión típicamente religiosa. Debemos creer y anunciar
que nada es eterno. Nada. Debemos creer y anunciar que
nada es incambiable, nada. Debemos creer y anunciar que
nada es inmutable en este mundo.
Para los
que creemos en la Trascendencia: sólo Dios es eterno. Y
ni Él mismo ha querido atrincherarse en esa
inmutabilidad. Así lo explica San Pablo en la Biblia: "Cristo,
a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su
categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango,
y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de
tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se
rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte
de cruz." (Filipenses 2,6- 8). De modo que si Dios
mismo ha actuado así, se ha metido en la historia de los
hombres y no ha hecho alarde de su posición divina,
¿Cómo deberíamos asumir esa misma historia los hombres y
mujeres que sabemos, por nuestros propios errores y
limitaciones, que no somos ni eternos, ni Dios?
Todo
cambia en este mundo, las personas, las cosas, los
trabajos, las empresas, los proyectos políticos, las
economías, el modo de vivir las religiones, el modo de
gobernar a los pueblos, el modo de conquistar los logros
sociales, el modo de enriquecer las culturas. Todo
cambia, hasta la vida misma.
Debemos
decir, con respeto y serenidad, que todo proyecto
humano, por sí mismo, precisamente por ser humano, es
transitorio, pasajero, cambiable para bien y para mal,
perfectible, renovable, es agotable y un día caduca.
Todo proyecto humano se acaba, se termina y debe dar
paso a lo nuevo, a lo mejor.
La vida
misma nos lo enseña. No pequemos de ingenuos o de
idealistas: todo en la vida nace, crece, se multiplica,
muere. Las personas y los proyectos. La Iglesia misma,
como realidad histórica que también es, ha existido con
todo su esplendor en algunos lugares de esta tierra
donde hoy no queda ni el polvo de aquella gloria.
Antiguamente, cuando el fastuoso ceremonial de la
coronación de un Papa parecía invitar a pensar que
estaría allí sobre el trono de Roma eternamente, la
sabiduría cristiana hacía aparecer en la liturgia
católica un humilde fraile que frente a la imponente
silla gestatoria en la que era llevado en hombros el
Papa, quemaba una mecha de estopa que se hacía cenizas
en el momento y le decía a Su Santidad: "Sic transit
gloria mundi". Así pasa la gloria de este mundo.
Y así ha
pasado siempre. La vida es camino no trinchera. La vida
es cambio, no momificación. La nación que, confiando
sinceramente o llevada por el poder, piense que todo
seguirá igual para siempre, ni vive en la realidad, ni
aprende de la historia, ni se prepara para el futuro. Y
si no nos preparamos para el futuro, nos sorprenderán
los cambios inevitables y será el caos y la violencia
que nadie quiere.
Cerrar la
puerta al cambio es cerrarla a la transición gradual y
pacífica y todos sabemos que el cambio es ley de la vida
y de la historia y que si no es por la vía preparada,
pacífica, gradual y protagonizada por todos los sectores
del pueblo, le cederemos el paso a lo que nadie
quiere:esa es la alternativa que se puede vislumbrar y
que quiera Dios jamás ocurra.
Pensémoslo
sosegadamente. Cese la crispación. Ceda la presión para
que disminuya el miedo. Demos espacios de auténtico
debate público. Pongamos en manos de todos los
ciudadanos toda la información y no las partes de ella
que nos convenga. Confiemos en que las personas son
seres normales que, con sus pobrezas y limitaciones,
pueden informarse, discernir, elegir y equivocarse. Lo
otro no es ni humano, ni considera a los demás como lo
que son.
El peor
servicio que se le puede prestar a un pueblo es pensar
que la gente no sabe o no puede, y es necesario
explicárselo todo y hay que indicarle por dónde debe
caminar. La peor perspectiva que se puede tener sobre un
pueblo es creer que no es capaz de escoger y tomar la
responsabilidad de la vida y de la historia por sí mismo.
Ni el
Estado, ni la oposición, ni el exilio, ni la Iglesia, ni
los gobiernos extranjeros deberían asumir esta
perspectiva negativa sobre el pueblo cubano. Por muy
pobre de información, por muy dañado éticamente, por muy
empobrecido cívicamente que esté una nación, lo peor no
es que se equivoque en su elección. Lo peor es no darle
ni la libertad para equivocarse y para asumir sus
propios errores. Lo peor es menospreciar su capacidad de
protagonizar su propia historia.
Confiemos,
pues, en Cuba y sus ciudadanos. Pongamos en manos de
todos, los destinos de la Patria. No perdamos la
esperanza. Propongamos proyectos diversos y debatámoslos
con libertad.
Y
hagámoslo con la certeza inquebrantable de que todo pasa.
Y todo llega.
Pinar
del Río, 29 de Junio de 2002 |